Capítulo LIX

Ciudad Fantasma

Timi holló, con su máscara antigás puesta, la gran sala del mercado donde antaño bulleron los puestos de venta de carnes, pescados y verduras, y donde se hicieron las grandes asambleas de los insurrectos de la Capital; ahora el tejado estaba semiderruido y una bandada de gaviotas se aposentaba en medio de un gran charco. Y el polvillo rosa formaba una película que se adhería a todo, incluidos los matorrales que cerraban el paso en la puerta de entrada.

Allí no había nada aprovechable para la necesitada Tóbiga. Timi hizo una señal al resto de los chicos para salir de ahí, y en breve estuvieron en la calle, la avenida central de la capital que, antes tan populosa, ahora estaba selvática y tachonada de escombros, a todo lo largo de los edificios sin un solo cristal entero.

Se sentían observados, así que, inseguros, aceleraron el paso encaminándose hacia la rotonda. Braulin estaba especialmente asustado. El burrito llevaba ahora encima dos alforjas con ciertas herramientas que habían hallado en los talleres abandonados, y esta vez no protestaba por el peso pues se sentía protegido por esas alforjas, en ese lugar ahora tan inquietantemente apocalíptico.

Alguien les estaba siguiendo, una silueta sinuosa, a veces sombra danzante, a veces escarceo subrepticio. Aferrándose a sus palos aceleraron el paso hacia la rotonda, donde estaba aquel café en que hacían sus funciones los Spelldings y se veía la entrada al Puerto Industrial.

Dejaron atrás el húmedo y frío pasillo verde-rosa moteado por la escombrera que ahora era la avenida para entrar al vertedero desolado que eran la explanada del café y los retorcidos hierros de la puerta de acceso al Puerto, tirados en el suelo entre zarzas.

Del café no quedaban más que algunas sillas caídas dispersas entre cristales rotos y musgo alrededor de lo que fue su puerta. Jirones de sucio plástico y losetas rotas se amontonaban por todos lados.

La sombra seguía acechándoles.

Entraron al puerto saltando sobre los hierros oxidados de la puerta de entrada ahora tirada en el suelo.

En el puerto una de las grandes grúas yacía caída entre el muelle y el agua, otra estaba tirada en el suelo cerrando el paso a los rieles, frente a los almacenes en ruinas, todo ello rosa, rosa y rosa.

Saltaron al otro lado de la grúa y se camuflaron en un hueco de una de sus patas, al acecho de la sombra que les perseguía. No tardó mucho en saltar. Entonces salieron de su escondrijo con los palos y le rodearon.

Estaban ante un ser andrajoso y con un lamentable aspecto de desnutrido. Peter el Peregrino reconoció a la sombra:

La pulga se echó a llorar.

La pulga Spellding les contó sus desventuras tras el cierre del circo. La otra pulga había muerto a causa del polvillo rosa y el gordo fortachón se había muerto de hambre hacia pocos días. Ella había sobrevivido comiendo raíces y ciertos musgos.

Tras darle un poco comida dejaron que se sumara al grupo y buscaron por los almacenes cosas de valor abandonadas. Allí encontraron un gran depósito de combustible , abundante cableado y… un velero volcado junto al muelle. Tras examinarlo Timi concluyó que el velero era recuperable, bastaría con enderezarlo y hacerle unos cuantos arreglos.

Volvía así Timi a tener un velero.

Al día siguiente salieron con alivio de la capital, ya una ciudad fantasma, apiñados en el nuevo velero de Timi, rumbo al muellito de Tóbiga.

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