Libro Uno · Capítulo 9

Las rodillas de Paladia

Capítulo Noveno de Timi El Viajero en En Busca del Planeta X.

Tus rodillas son bellas.

Tus pies son perfectos.

El camisón destrozado se pierde entre pliegues, entre las aneronas que tienden sus tentáculos hacia ti. Tus ojos miran lejos, pero tus párpados están cerrados.

Hace frío.

Algo pasó.

Oh, sí. Ya recuerdo.

Winckley la había secuestrado en la Cala Mariner. Aquellos brutos, que obedecían todas sus órdenes, la agarraron, la encerraron en aquella habitación y luego la llevaron a ese viaje.

No querían que iluminara sus acciones ocultas en aquel establecimiento con el que, indirecta pero muy eficazmente, habían llevado a la pequeña Tobiga casi a desaparecer. No podía ser únicamente todo aquel material para el palacete de Winckley. Algo más debía de haber allí.

Tenía razón.

Lo había.

Paladia paseaba por sus ideas. Descansaba en su cabeza interna, sin abrir los párpados. No quería ver ese mundo luminoso. Quería ver su tierra, su isla, y no otra vez el paisaje de prados de osidinas que rodeaba el campamento.

Cerraba los ojos.

Probablemente moriría allí, pero no quería ver nada del monumental espectáculo de aquel paisaje exoplanetario.

Tus rodillas son bellas.

Tus pies son perfectos.

Incluso en ese planeta son perfectos, y son bellos.

Pero ¿cómo librarse de los monstruos? ¿Cómo quedarse a vivir sus últimas horas atrapada con Winckley?

Mejor sería abandonarse a la jungla. Exponerse a las fieras gigantescas, como aquel Aullador arácnido que casi la mata. Mejor caminar delirante entre aneronas y prados de onirinas, bajo monstruos descomunales y árboles flecheros que recorrían las nubes verdáceas, allá a lo lejos.

Mejor morir dormida, o fingiendo ante sí misma estar dormida, antes que volver al campamento.

El Aullador avanzó silencioso y asomó su semicabeza sobre el cuerpo de Paladia.

Toscamente pensó:

Sus rodillas son bellas.

¿La aplasto?

No porta esas armas que tenían los otros.

Paladia, presintiendo al Aullador, abrió los ojos.

Se mintió a sí misma diciéndose que era parte del paisaje.

No.

No lo era.

Era el monstruo que había destruido el campamento.

Volvió a cerrar los ojos, como si no hubiera visto nada más que el paisaje monumental del Planeta X.

El Aullador se dio cuenta de todo.

Se retiró un poco.

Consideró la situación.

Y decidió dejar a Paladia sin hacerle daño.

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