Libro Uno · Capítulo 10

Rescate de Paladia

Capítulo Décimo de Timi El Viajero en En Busca del Planeta X.

Fueron unos minutos mareantes, llenos de sensaciones extrañísimas.

A veces sentían que caían. Otras, que ascendían. Tan pronto parecía que sus pechos iban a aplastarlos en la mayor de las asfixias como se veían fijados en cápsulas individuales, ligeros como plumas, flotando mareados, con los ojos casi fuera de las órbitas.

Era insoportable.

El modo de avance por el agujero de gusano abierto en el tejido cuántico por la SarTrek difería mucho del que realizaba, en un solo pulso, el Vermitrón 3000. Aquella diferencia reducía su utilidad por su baja usabilidad.

Así, moliendo a sus tripulantes, la SarTrek giraba sobre sí misma mientras avanzaba hacia el Planeta X. Los cuerpos parecían cuerdas presionadas contra una polea, zarandeados a trompicones interminables.

A los expedicionarios de Winckley, durante su viaje, el Vermitrón los había zarandeado brutalmente, sí, pero solo durante un par de minutos. A ellos los giró y los giró hasta la alucinación, perdiendo sus centros mentales en el giro repetitivo. Pero lo de la SarTrek era peor en duración.

El salto de la tripulación de Timi duró casi una hora.

Para cuando sintieron que la nave tocaba el suelo del Planeta X, ya eran tortillas terminadas de batir. Tortillas batidas sin romper la cáscara. Por consiguiente, en realidad, la SarTrek era más segura que el Vermitrón 3000.

Después del aterrizaje, poco a poco la vitalidad de los medio muertos tripulantes fue reencendiéndose. Primero sonaron voces. Luego murmullos. Después movimientos, quejas y acciones en el interior de la nave.

No tardó mucho en que alguien, desde el exterior, golpeara el casco con alegres bríos.

—Bendito Kovaloswky, abra, abra la escotilla —pidió una voz desde fuera.

Era Winckley.

Timi abrió la escotilla auxiliar de la nave y se topó cara a cara con él.

—¿Dónde está Paladia?

Winckley, perplejo, se mantuvo dos segundos en silencio. Luego se apartó para dejar salir a Timi y respondió con una explicación sobre el paradero de Paladia que resultó muy poco convincente.

—Es lamentable. La atrapó un monstruo y se la llevó. Debemos irnos de aquí cuanto antes. Este planeta es tan peligroso que ya ha muerto un hombre. Conviene retirarse de inmediato.

—No sin Paladia.

Timi, Winckley, Kovaloswky, Gomes, los tripulantes de la SarTrek y los expedicionarios supervivientes del grupo de Winckley fueron ubicándose ante la nave, junto a los restos del campamento destrozado por el Aullador.

—Hemos organizado una operación de búsqueda y rescate para encontrar a Paladia —informó Winckley—, pero no ha habido resultados.

Concluyó su informe con un tono falsamente triste.

—Las probabilidades de que esté viva son cercanas a cero.

—¿Qué quieres decir, Winckley?

—Lo mejor es volver a la Tierra, organizar una expedición mejor preparada y regresar con medios adecuados para hacer una búsqueda más intensiva.

—No nos iremos de aquí sin Paladia. Si está muerta, al menos recuperaremos su cuerpo y lo llevaremos a la Tierra.

El resto de la gente apenas tuvo tiempo de mirarse entre sí. No sabían bien quién era quién ni cuál era realmente la nueva situación. La llegada inesperada de la SarTrek al Planeta X los tenía entre la alegría, la sorpresa y el desconcierto.

Al principio todos escuchaban atentos la discusión entre Timi y Winckley. Pero pronto los murmullos empezaron a crecer como humo espeso, mientras ambos continuaban aquella importante deliberación.

—Bien —reconoció Winckley—. Tienes razón. Si hay nuevas fuerzas, está bien hacer este nuevo esfuerzo. Timi, el Planeta X es muy peligroso, y las armas láser que trajimos apenas sirven para contener a los gigantescos monstruos que lo habitan. Por eso hay que confiar en la velocidad.

—Nosotros tenemos armas de fuego normales. Quizá puedan ayudar.

Tras esto, Kovaloswky, que miraba a Winckley con profunda desconfianza, comenzó a examinar junto a Gomes el estado del Vermitrón portátil.

Timi ordenó al Guardián de la Capital que formara dos grupos de búsqueda. Mientras tanto, iba y venía por el prado de onirinas, coordinándose con Winckley, que también organizó dos equipos de rescate con sus expedicionarios.

Repartieron las áreas de búsqueda en un amplio perímetro alrededor del campamento y dejaron allí instalado el centro de control. La nave no podía quedar indefensa. Un nuevo ataque de los monstruos podía ser fatal. Por eso, el mayor grupo de todos, compuesto por once galactonautas de ambas expediciones, quedó encargado de proteger la SarTrek, coordinar la búsqueda y preparar el regreso.

Ese gran grupo tendría tres cometidos: coordinar a los grupos de búsqueda, función que encabezaría el Guardián de la Capital; proteger la SarTrek, responsabilidad que asumió el doctor Moreau; y organizar el regreso a la Tierra, tarea que prepararía Kovaloswky.

Así, un grupo de sartrekianos compuesto por el Tonto del Fuego, el Tonto del Hielo, Zanos y Estebaldo, la Iguana, partió en dirección al barranco. Allí, las piedras apiladas caían inclinadas hacia una meseta alfombrada por una jungla verde-violácea y muy espesa. El grupo tenía ante sí la dificultad del descenso, especialmente peligroso porque las piedras eran losetas resbaladizas y las ostrolianas que las cubrían, aunque de apariencia sólida y fuerte, resultaban engañosamente frágiles.

Los riscos del noroeste serían peinados por el grupo de Winckley y tres de sus guardias de corps: Ramírez, Svento y Denoguera, tres tipos duros y muy fieles a su jefe.

Timi salió con Morongo y los tres hijos de Moreau hacia la ancha paramera que seguía la línea del barranco. El prado de onirinas se extendía ante ellos, tachonado de cetricántalos azulones —posiblemente venenosos—, de baja altura y similares a rododendros terráqueos, aunque con hojas sorprendentemente gruesas. Tras cualquiera de aquellos arbustos podía encontrarse Paladia.

En dirección opuesta, pero por la misma ancha paramera cubierta de prados de onirinas salpicados de cetricántalos, salió el grupo de KanOnji, Florez, Regido Lautares y su hermano Anton. Eran tan duros, o más, que Ramírez, Svento y Denoguera.

El Sol del Planeta X, el Sol X, una enana naranja de tipo K, algo más anaranjada que el Sol de la Tierra, brillaba en el cielo visiblemente más grande que el astro terrestre. Las nubes verdosas y algodonosas, con un extraño patrón de desorganización, terminaban por darle al firmamento un aspecto fantástico e hiperreal.

Ese techo celeste era el mismo para los cuatro grupos, coordinados desde el centro de mando de la SarTrek.

Había algo trascendente en verlos dispersarse en direcciones opuestas bajo aquella bóveda hiperrealista y la magnificencia de un paisaje de dimensiones desmesuradas. Algo que confería al título de galactonautas su correspondiente seriedad.

Pronto iban a comprobarlo.

Al principio no ocurrió nada. Pero pronto el grupo del barranco lanzó una alerta: Estebaldo, la Iguana, había sufrido una caída de varios metros. Tenían que replegarse y llevarlo al centro de mando en la SarTrek antes de volver a la tarea de búsqueda.

Mientras tanto, Paladia estaba viva.

Caminaba a unos pocos kilómetros en dirección suroeste, intentando encontrar alguna fuente del líquido exquiano parecido al agua que calmaba la sed. Quería llegar a un alto desde el que pudiera ver el campamento, mientras investigaba qué podía ser comestible y qué venenoso en aquella flora exoplanetaria.

Florez la vio a lo lejos, medio a la deriva.

Sin duda era ella.

Podían alcanzar la repisa de la paramera en la que se encontraba simplemente cortando por un rodal de cetricántalos particularmente espeso que se hallaba frente a ellos.

Avisaron al centro de mando, y el centro de mando avisó al resto de los grupos para que regresaran. El grupo de Winckley se incorporaría para reforzar el centro de control, y el de Timi quedó encargado de acudir en ayuda del grupo de KanOnji.

De pronto, un lagartoide de unos diez metros de alto se elevó no lejos de Paladia.

Ella lo vio y giró hacia abajo, precisamente en dirección al rodal de cetricántalos por el que se aproximaban KanOnji y sus compañeros. Al verla, aceleraron el paso.

Lo que no advirtieron al principio fue que no era un solo lagartoide X.

Eran varios.

Y se lanzaron en esprint hacia Paladia.

Paladia y sus antiguos captores coincidieron en el límite del rodal de cetricántalos, justo donde el prado de onirinas empezaba a escalar la repisa alta.

—¡Huyamos! —gritó Paladia, bajando a la carrera hacia algún posible refugio entre las rocas.

Pero ya no daba tiempo.

—¡Florez, dispara!

Un rayo láser trazó su recta trayectoria hacia el cuerpo acorazado del lagartoide. Salió humo de su epidermis coriácea, pero solo lo frenó momentáneamente. El resto de los lagartoides siguió aproximándose de una manera tan implacable como angustiosa.

El grupo de Timi, Morongo y los hijos del doctor Moreau contemplaba el drama a distancia. A diferencia del grupo de Florez, ellos llevaban armas de fuego. Apretaron el paso hacia Paladia y los demás.

Dos lagartoides cayeron a la vez sobre el grupo de Florez y Paladia como tractores sin piloto lanzados contra un plantío, arrasando los robustos cetricántalos como si fueran hierba.

Anton Lautares disparó su arma con acierto, pero sin derribar a la primera bestia. Su hermano Regido Lautares también disparaba desde la derecha.

No sirvió de nada.

El animal sabía muy bien a quién debía golpear primero. Aplastó a Anton. El otro lagartoide derribó a Florez de una patada, mientras otros dos convergían sobre la línea de separación entre KanOnji y Lautares para lanzarse después contra cada uno de ellos.

En menos de tres minutos, los lagartoides habían matado a todo el grupo de KanOnji.

Pero ellos habían dado tiempo a Paladia.

Timi y los suyos llegaron tarde, aunque todavía a tiempo de salvarla.

Al reunirse con Paladia, Timi pidió a su grupo que dispararan todos a la vez, concentrando el fuego en un solo lagartoide cada vez, y siempre a la cabeza.

Las armas de fuego del grupo de Timi rugieron al unísono.

El lagartoide que había pisoteado el cuerpo de Anton cayó al suelo con la cabeza abierta, desviscerándose. Los otros tres lagartoides, al ver aquello, comenzaron a retirarse, pero aún hubo tiempo de abatir a otro más.

Solo escaparon dos.

Timi informó de todo lo ocurrido al Guardián de la Capital y a Winckley, mientras sus galactonautas recogían las poco eficaces armas láser.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó Jabalí.

—Tenemos que volver al campamento y salir de este planeta cuanto antes —dijo Paladia—. Estos organismos son seres inteligentes, pero feroces, y son muy numerosos en esa meseta boscosa de ahí abajo.

—Sí, Paladia —respondió Timi—. Pero primero tenemos que enterrar a esos hombres.

Timi miró al fondo de la paramera con intranquilidad. No podía irse del Planeta X dejando allí, sin enterrar, a aquellos compañeros de rescate, muertos por salvar a su amiga.

Morongo y los hijos del doctor Moreau se apresuraron a sepultarlos al pie de unos cetricántalos. Sin tiempo que perder, Timi hizo un breve responso en su memoria.

—Vinisteis a la frontera de las estrellas a encontrar vuestro destino. Aquí os enterramos, entre los mismos cetricántalos azulones hacia los que os arrojasteis para salvar a nuestra amiga, perdida en el Planeta X. Honor y memoria para vosotros, Regido Lautares, Anton Lautares, KanOnji y Pedro Florez.

—Amén.

Tras un minuto de silencio, y después de santiguarse con la mayor delicadeza posible en aquellas circunstancias, dedicaron unos minutos a dibujar una cruz improvisada con cantos cristalinos del planeta.

Así, después de aquel improvisado responso civil, volvieron a la nave con celeridad.

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