Libro Uno · Capítulo 8
Primer encuentro con el Aullador
Capítulo Octavo de Timi El Viajero en En Busca del Planeta X.
Se suponía que, según el horario correspondiente al planeta Tierra, lo que estaban viendo era el amanecer en el Planeta X.
El alba mostraba un mundo de colores explosivos, extraños sonidos biomusicales y aromas llenos de riqueza, entre las exultantes decoraciones de las plantas y de los raros insectos que flotaban por el enrarecido aire, cuyo agradable olor recordaba ligeramente al de la canela.
En las estribaciones del campamento que habían preparado los expedicionarios, un hombre se lamentaba en una letanía que se detenía o se avivaba a ratos:
—¡Me duele, me duele! ¡Me duele mucho! —gemía lastimeramente, sujetándose la cara con las manos.
Ajenos a ello, otros dos hombres discutían al pie del Vermitrón portátil. Eran Winckley y Gomes, y hablaban sobre el problema del repliegue a la Tierra.
Gomes sacó una bolsita de piedras preciosas y se la mostró a Winckley, señalándole con codicia la exuberante mineralogía del Planeta X. Pero en aquel momento a Winckley le importaba muy poco lo que estaba ocurriendo en el campamento, y le importaba todavía menos la exótica riqueza mineral del planeta.
El Aullador ya había aullado dos veces y cada vez estaba más cerca.
Le buscaba a él. Venía a por ellos. Eso era lo que el instinto avisaba a Winckley.
Sin embargo, seguía convencido de que las armas láser seleccionadas para sus guardias de corps servirían para frenar al monstruo. Eran las más destructivas entre las armas ligeras del mercado. No habría criatura terrible que sobreviviera a uno de sus disparos, por mucho que aullara, pensó Winckley.
Pero aquel pensamiento, aunque reconfortante, no logró disolver la inquietud que lo embargaba.
Miró entonces hacia el punto donde habían establecido la guardia. Si el Aullador tenía que trepar por la escarpada ladera plagada de rocas puntiagudas, allí se convertiría en un blanco fácil.
El puesto se encontraba a unos doscientos metros. Winckley dejó de atender a Gomes y vio a los guardias azorados, dispuestos a empezar a disparar con los láseres hacia abajo. A lo lejos gritaban, hacían ademanes y gestos hacia el campamento, intentando avisar a Winckley y a los demás de que algo estaba ocurriendo.
De pronto, un monstruo saltó desde la ladera y alcanzó la paramera exótica donde ellos se encontraban.
Por supuesto, los expedicionarios no tenían ni idea de que se trataba de un arácnido primátido, inteligente y de gran envergadura, furioso ante el allanamiento de su selva por parte de aquellos forasteros intergalácticos.
Para ellos, el monstruo era simplemente el Aullador.
Winckley, que llevaba su propia pistola de rayos láser, se aferró al arma.
Allá a lo lejos, a apenas doscientos metros, el monstruo aplastó a Federicho. Posiblemente lo mató de aquel pisotón. Antón Lautares, en cambio, logró escapar hacia el campamento.
Cuando el Aullador miró hacia ellos, pareció comprender que allí estaba lo que buscaba. El campamento.
Se desentendió por completo de Antón Lautares.
El monstruo miró con un aire de depredador tan feroz que atemorizó al mismísimo Winckley. No necesitó más que ocho zancadas para situarse a su altura, y unos pasos más para comenzar a trizar el campamento.
Ante aquella agresión salvaje, todos los humanos presentes huyeron en la dirección que pudieron, mas Winckley, afrontándolo, apuntó su láser a la coraza del maldito arácnido primátido y disparó.
Salió humo de la piel del monstruo. El Aullador rugió de dolor, es cierto, pero debería habérsele calcinado el cuerpo entero.
Winckley volvió a disparar y salió corriendo hacia unas peñas de dimantinas grises, tachonadas con vetas lilas, entre las que se abrían estrechos pasillos capaces de ofrecer algún refugio.
Aunque rugía de dolor, el Aullador no dejó de romper cosas. Siguió destrozando el campamento hasta que, una vez destruido casi todo, lanzó uno de sus terribles aullidos hacia las nubes verdes y naranjas y se marchó por el mismo barranco del que había salido.
Varios minutos después, Antón Lautares se quejaba ante Winckley de la eficacia limitada de las armas láser. Aquellas armas, supuestamente tan poderosas, podían detener —según los vendedores— a un ejército de leones furiosos.
Sí.
Pero no a un Aullador del Planeta X.
Ciertamente lo habían herido, y quizá podrían llegar a matarlo. Pero el Aullador había matado a Federicho, les había dejado prácticamente sin alimentos y, peor aún, había destruido a pisotones el Vermitrón portátil.
Winckley estaba desolado, aunque no dejó traslucir nada de sus verdaderos pensamientos ante el resto de los expedicionarios supervivientes, que se fueron reuniendo a su alrededor, desconcertados.
—¿Cuántos estamos?
—Antón Lautares ha muerto.
—No he muerto. Estoy aquí.
—Perdón. Ha sido Federicho.
—Federicho ha muerto.
—¿Quién ha muerto?
—Federicho.
—Ya. Entonces deberíamos estar doce.
—Haga su recuento.
—Aquí solo hay once.
—¿Cómo que solo hay once?
—Falta Paladia.
Cuando escuchó aquel nombre, el extraño instinto de preservación volvió a encenderse en Winckley.
En una situación en la que era evidente que podían morir de hambre, de miedo, pisoteados por un Aullador o incluso matándose entre ellos, náufragos intergalácticos sin posibilidad inmediata de regreso a la Tierra, la prioridad de Winckley se desplazó de golpe hacia aquella alarma interior.
—¡Búsquenla! ¡Búsquenla inmediatamente! No podemos perder a Paladia.
Los demás lo miraron con desolación.
El propio Gomes no atinaba a entender el motivo de semejante reacción. Era lógico organizar un retén de búsqueda, sí, pero no con aquella intensidad desmesurada, ni olvidando por completo el desastre inaudito en que se encontraban.
Y, sin embargo, eso era exactamente lo que Winckley acababa de hacer.
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