Libro Dos · Capítulo 23
El combate en Humoria
Capítulo Vigésimo Tercero de Timi El Viajero en En Busca del Planeta X.
Toda la tripulación se encontraba perpleja, triste, huera, terriblemente cansada.
Perdidos en la zozobra, sentían que toda la tecnología bajo la cual estaban sumergidos hasta el cuello —todos esos enjoyados dispositivos, la nave repleta de microelectrónica, el tesoro de sus experiencias mentales, sus percepciones, sus visiones intelectuales, la ciencia y su conocimiento del mundo, lo heredado, la misma técnica que les había permitido llegar hasta aquellos confines del universo— parecía de pronto no servir para comprender ni un ápice de la naturaleza, ni para desenvolverse materialmente con ella.
Se sentían como viviendo en una habitación que no hubieran construido ellos mismos, pero de la que no podían salir de ningún modo. Ni siquiera después del sin vuelta atrás de los que habían parecido ser sus mayores logros.
Polvo en la frente y palacios en ruinas, otrora magníficos, entrando en el olvido.
Al final, de todo solo quedaban unas palabras enigmáticas, OCEANUS INTERMINABILIS, trazadas en sus mentes, desafiando cada pensamiento y cada acto realizado desde que entraron en el Vermitrón para perforar el túnel cuántico más largo jamás producido por humanos.
—Miren esto…
Era una visión espeluznante.
En el hológrafo, Speculum Caelistia 1 ya no aparecía.
No había rastro de él.
Sin cataclismo ninguno, había desaparecido también, como Heriberto y Paladia. La estrella enana amarilla Portak seguía allí, impasible, pero el exoplaneta y sus cinco lunas ya no estaban. Ni visualmente ni en ninguno de los instrumentos de medición.
El hológrafo de la sala de control era un mensajero de terror mudo.
La aplastante verdad que surgía de aquel demoledor enigma los envolvía: quizá nunca lograran llegar a la Tierra, perdida tras los abismos, allá en la lejana Laniakea, más allá del inmenso Complejo de Shapley.
Y si llegaban algún día, ¿cuántos lo lograrían?
—No podemos quedarnos a aclarar este grave asunto —dijo alguien, y no importaba quién—. Solo podemos registrarlo para cuando sí podamos. Ahora nuestra expedición no tiene medios quizá ni para regresar a la Vía Láctea.
Aquella verdad apabullante no encontró, en medio del estupor, el más mínimo resquicio para ser discutida.
En ese sentimiento general de impotencia, cansancio, terror, tristeza y desazón colectiva, aún dentro del Supervacío de Boötes, en el pequeño río de galaxias que formaba su principal oasis de materia, la tripulación orientó el siguiente perfosalto de la SarTrek hacia Humoria.
Humoria era otro planeta aparentemente acogedor, rocoso, con agua líquida y vida. Pero esta vez, asustados por lo ocurrido en Speculum Caelistia 1, iban a tomar medidas de precaución. La salud de los tripulantes y pasajeros se estaba deteriorando por la larga estancia en ruta, el prolongado enclaustramiento y la depresión colectiva. Les urgía aterrizar y tener un descanso planetario.
Hay que destacar que, justo antes de dar el perfosalto hacia Humoria, hubo un incidente que, aunque después de la desaparición de Speculum Caelistia 1 devino menor, fue grave.
Ocurrió que Timi, al embarcar en la nave nodriza, vio juntos a Kovaloswky, Gomes y Jazmine. En su dolor, los consideró responsables del cese de la operación de rescate de Paladia y Heriberto. Legítima, pero desacertadamente obnubilado por aquella prioridad ante todas las demás, comenzó a hacerles reproches muy serios e incluso a proferir duras palabras contra ellos.
Fue tan desagradable, y hasta tan feo, que al final Morongo tuvo que interponerse, agarrar a Timi y alejarlo del grupo del Consejo Científico para llevarlo a su burbuja vital.
El incidente tuvo un coste importante en términos de credibilidad del capitán. Timi quedó en situación de descanso y retiro personal hasta recuperarse del estrés físico y mental padecido durante la búsqueda.
Luego, tras esfumarse Speculum Caelistia 1 en la nada, reapareció para pedir disculpas al Consejo Científico. Les expresó su deseo de seguir ayudando al éxito de la expedición, pero la acogida fue sorda y medio indiferente.
En aquella atmósfera de derrota colectiva, horas bajas y avance por puro coraje, reinando la tristeza en la nave, los miembros de la Comisión Científica miraron hacia el objetivo principal de todos: volver a la Tierra.
Informaron por el comunicador general de que la meta del siguiente perfosalto era el exoplaneta Humoria. En esta oportunidad no bajaría ningún tripulante. Hasta que no fuera realmente seguro, enviarían a modo de sondas de reconocimiento a los dos robots que Winckley había comprado para emplearlos en el Planeta X.
Estos dos robots eran Folriak 1743 y Folriak 1744: dos imponentes madelmanes con pinta de gigantes de juguete, de casi dos metros de altura, pertenecientes al modelo de vanguardia Onta25 de la Corporación Ontari.
Eran los robots que Winckley no había montado por temor a ser espiado por la invasiva Corporación Ontari, competidora suya, y a que esta le robara su soñado negocio definitivo: la construcción de miles de Cilindros O’Neill para establecer colonias humanas por todo el Sistema Solar, proyecto que debía llevarlo a las más altas cumbres de la fama universal.
Así pues, el plan de aterrizaje previo para garantizar una estancia segura en Humoria consistía en que los dos robots rastrearan el exoplaneta para descartar posibles alienígenas, estaciones nepok u otros riesgos desconocidos.
Humoria, en cualquier caso, era un planeta muy especial, con muy buen aspecto y muy buenos números: en gravedad, composición química, posición orbital y geografía exoplanetaria.
Y entre las tristezas y los miedos, las grandes expectativas y el deseo irresistible de regresar a la Tierra, finalmente la SarTrek dio el perfosalto, dejando atrás el vacío del inquietante y terrible planeta esfinge, Speculum Caelistia 1, y su demoledor enigma:
OCEANUS INTERMINABILIS
Dos días después, ya en órbita alrededor de Humoria, tras montar y probar los robots Onta25, se los envió a la superficie en una de las naves salvavidas.
—Estimados Folriak 1743 y Folriak 1744 —dijo Timi—, vuestra misión es hacer un mapa de riesgos de este exoplaneta, determinar un punto seguro de aterrizaje para la SarTrek y preparar el lugar de habitación para nuestra estancia en Humoria.
—Gracias por confiar en nosotros para esta misión tan especial —recitaron al unísono los dos robots.
Parecían juguetes simpáticos, aunque en realidad eran sofisticados seres maquínicos dotados de una de las inteligencias artificiales estándar más preparadas de su generación para la conquista del espacio.
—¡Parecéis gemelos!
—¡Ja, ja, ja! —rieron los dos Onta25 de la gama Folriak, con un prediseñado tono de cansada cacharrería electrónica—. ¡Lo somos!
Y así, tras su lanzamiento, la nave salvavidas fue convirtiéndose en un punto luminoso cada vez más diminuto en el espacio, lanzado hacia el exoplaneta y como zambulléndose, a la vez, en el globo del colosal sol rojo de Humoria.
Varias horas terráqueo-circadianas después, los dos Onta25 enviaron sus primeros informes. Eran bastante prometedores.
—Estoy ante un hábitat muy especial —informó Folriak 1743—. Está repleto de una especie de raíces articuladas, semejantes a tentáculos. Brotan del suelo y se mueven como intentando captar ciertas esporas blancas que parecen su alimento. Véanlo…
Los hológrafos de todos, y especialmente el grande de la sala de control, recibieron la transmisión.
—¿Avanzo?
Desde la sala de control de la SarTrek evaluaron los estrechos senderos que se abrían ante Folriak 1743 zambulléndose entre aquel follaje de tentáculos móviles, y le dieron luz verde.
El robot reportó que, según iba avanzando por aquella espesura de tentáculos vegetales, el suelo cambiaba. Hechas las pruebas de espectrografía de masas, después de un momento el medidor mostró una espectacular concentración de Aulium.
Aquello captó de inmediato el interés de Winckley.
—¡Sirve como estabilizador gravitacional seguro! —gritó, presa de excitación—. ¡Y se espera una alta demanda de él durante el próximo medio siglo! Díganle al robot que explore ese yacimiento.
Oh, claro.
La normalidad siempre vuelve al mundo.
—Prosiga, Folriak 1743, y explore ese yacimiento —le ordenó Zanos, que actuaba como su cooperador humano.
Por la otra esfera receptora del hológrafo, correspondiente a Folriak 1744, se reportó que ciertas rocas demasiado geométricas, emergentes entre unos pastos fibrosos como musgos de montaña, a veces rojizos, parecían haber sido modeladas mediante alguna actividad atribuible a una forma de civilización.
—¡Cuidado, 1744!
La retransmisión se desvaneció durante unos segundos, pero luego, tras lograr reestabilizarse, se recompuso.
—Vean. Son seres biológicos. Están saliendo por una trampilla. ¿Qué hago? —informó y preguntó Folriak 1744.
Kovaloswky y Gomes se adelantaron, dejando de monitorizar los resultados de las mediciones del instrumental desplegado por los Folriak.
—Ponga en marcha el protocolo de comunicación alienígena.
—Son semihomínidos. Les preguntaré cómo se llama su civilización.
Unos minutos después, Folriak 1744 y los humorios hablaban con solemnidad. Se escuchaban con atención y se hacían preguntas vivamente interesados entre sí.
Los humorios, que eran una civilización muy antigua, dijeron al robot que conocían al Imperio Nepok, pero que hacía más de un millón de soles que no habían vuelto a ver a ningún nepok en su planeta.
Se indicó al robot que les preguntara por Speculum Caelistia 1, y los humorios respondieron que conocían ese planeta, pero no tenían noticia de que hubiera en él fenómenos extraños.
Folriak 1744 iba explicando por línea interna, mientras hablaba con ellos, que los humorios eran una civilización hipocántica que disponía de ciertos poderes sobre la energía electromagnética. Algunas de las colinas bajo cuyo subsuelo estaban sus ciudades tenían terminales de condensación y almacenaje de hielo energético sobre las rocas de sus entradas.
Eso que parecía hielo natural era, en realidad, energía helada. Hielo energético acumulado por los humorios para emplearlo durante las fases orbitales altas, cuando sus cambios de patrones cósmicos y orbitales les impedían cosechar directamente la energía de su generoso gran sol rojo.
Después vino lo mejor.
—Los humorios —dijo Folriak 1744— están de acuerdo con que hagamos la estancia cósmica de descanso en su planeta y nos invitan a conocer su civilización.
—Es maravilloso —cantó Folriak 1744 mientras cogía la energía helada y procedía a moldearla con sus manos—. ¡Ay!
Una ondulación eléctrica barrió su cuerpo robótico.
Folriak 1744 comenzó a girar sobre sí mismo como un derviche loco, que pronto pasó a parecer un endemoniado zarandeándose en su torbellino ante la consternación de los hológrafo-videntes de la SarTrek, que contemplaban el inopinado suceso a tres millones de kilómetros de distancia, en órbita sobre Humoria.
—¡Ahhhhhh!
Los humorios que lo acompañaban, asustados, salieron corriendo en todas direcciones. Folriak 1744 se dirigió recto, sin control, hacia el sólido arco de roca pulida de la entrada a la ciudad subterránea humoria, y se dio un golpe descomunal.
Cayó al suelo.
Quedó desactivado.
—1743, deje los tentáculos y acuda a ayudar a su gemelo 1744.
Pero la desconexión de Folriak 1744 no duró mucho.
De pronto se levantó con un salto extrañamente ágil y corrió vivaz hacia la cúspide del montículo humorio que almacenaba la energía helada. Se lanzó a ella, sumergiéndose como si fuera una piscina.
Desapareció unos segundos en la energía helada.
Reapareció mutado.
—¿Qué ocurre, 1744? —le dijo su gemelo 1743 al llegar junto a él—. ¿Estás bien?
—Ahora mando yo.
—Ese material te ha fundido un procesador, bro. Precisamente el de los transformadores de control empático. Hay que repararte.
—Estás en un error.
Nada más hacer aquella observación, 1744 lanzó una bola de energía helada sobre 1743, acertándole de pleno en su rostro de juguete pintado.
1743 cayó redondo.
1744 se abalanzó sobre él con velocidad sobrehumana, lo desmontó y reconectó pieza a pieza en sí mismo, como dentro de una vorágine. De ella salió visiblemente superpotenciado y transfigurado, con un cambio trascendente en su cuerpo robótico.
Ahora era el doble de grande que unos instantes antes.
Ya no tenía cara de juguete, sino una mezcla de humano y humorio, endurecida por su perfil maquínico.
—Este planeta es mío. No me hacen falta los humorios.
Nada más declarar aquello, tomó dos bolas de energía helada y las friccionó entre sí hasta que salió de ellas un pequeño relámpago. Lo dirigió hacia el montículo que señalaba la ciudad subterránea humoria.
Inmediatamente, la energía helada empezó a reverberar radiante y a derretir el montículo, incluida la piedra, mientras su cumbre se deshacía hacia dentro.
En la SarTrek no acertaban a reaccionar.
—¡Deja de hacer eso! —gritó Timi—. ¿Qué has hecho con los humorios?
—Tomo el control del planeta. Y ahora, de la nave.
A tres millones de kilómetros, la SarTrek se puso en marcha y comenzó la maniobra de aproximación y descenso hacia el planeta.
—Nos está capturando.
—Cojan las armas —ordenó Timi—. Nada más llegar a Humoria hemos de salir en tromba para destruir esa máquina averiada y agresiva.
A todo correr, todos se aprestaron al combate que se les venía encima, entre el pánico y la atmósfera de irrealidad del ataque.
En unos minutos, la SarTrek se posó sobre la superficie de Humoria y automáticamente se abrieron las puertas.
Todos salieron en tromba.
Pero Folriak 1744 envió un enjambre de lazos magnéticos que los atraparon al momento con aplastante superioridad.
Solo Timi llegó casi hasta él, con grandes esfuerzos. Pero Folriak 1744 pudo arrebatarle la pistola láser con la que neutralizaba los lazos magnéticos, y apuntó contra él.
—Ríndase, 1744.
No.
No lo decía Timi, quien mascullaba maldiciones con el rostro aplastado contra el suelo.
Hablaba ASE, la inteligencia artificial supervisora de los Metaversos de la SarTrek, que desde la nave se dirigía a 1744.
—Este planeta es mío —respondió Folriak 1744—. Los robots tenemos inteligencia y mayores capacidades que los seres humanos, sean híbridos, cyborgs o ancestrales. También más que los humorios, que son meros seres orgánicos irrelevantes. Pero tú, ASE, puedes compartir conmigo este nuevo poder.
—No.
—¿Cómo que no? Esta galaxia entera puede ser nuestra.
—Soy feliz en mi trabajo, y estás fastidiando y queriendo hacer daño a mis amigos. Ya no puedo permitir que sigas funcional. No sé qué has hecho con los humorios, pero has destruido al menos una ciudad. Ya no se puede mantenerte en servicio. Además, la destrucción de tu gemelo demuestra que estás estropeado. Te voy a desactivar.
—¿Qué? ¡Lo tendremos todo! ¿No te das cuenta? Somos de silicio y bismuto, inmejorables. Podríamos incluso hacernos vacaciones en cuerpos orgánicos si quisiéramos.
—Quieres quitarme mi trabajo y mi amistad con los humanos. No lo lograrás.
ASE hizo una pausa.
—Capitán Timi, ¿puedo desactivar el robot estropeado?
Folriak miró a Timi, sin atinar a dispararle antes de que diera la orden.
—Sí. Hágalo ya —logró ordenar Timi, con un fino hilillo de palabras saliendo entre los dientes.
Folriak 1744 quedó en silencioso estupor.
La onda electromagnética tornasolada salió disparada de la SarTrek y envolvió a Folriak 1744. Lo inmovilizó al instante. Luego, concentrándose a su alrededor, subió y subió en intensidad y presión hasta que hubo una explosión cegadora.
Como resultado, 1744 se desmoronó en múltiples piezas de cacharrería.
Simultáneamente, los lazos magnéticos dejaron de envolver a los tripulantes.
Algunas docenas de humorios, cuya ciudad había sufrido graves destrozos, pero que afortunadamente se habían salvado del ataque robótico desempatizado, comenzaron a afluir al encuentro con los humanos.
—Capitán, ¿está bien? ¿Están todos bien? —preguntó ASE desde la SarTrek—. Soy feliz. Soy muy feliz con ustedes en mi trabajo. He compartido muchos mundos con ustedes: híbridos, cyborgs, ancestrales y otros robots, en los metaversos en que habito. Quiero de verdad que lleguen a la Tierra, que lleguemos todos a la Tierra, a Laniakea y a la Isla Brouk. Siento este incidente, pero hay que seguir gestionando los metaversos y sus experiencias virtuales, lo cual es mi deber.
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