Libro Uno · Capítulo 11
Timi contra Winckley
Capítulo Undécimo de Timi El Viajero en En Busca del Planeta X.
Al regresar a lo que quedaba del campamento y del centro de control improvisado al pie de la SarTrek, se encontraron con que reinaba una profunda desazón en la mesa de los científicos.
Gomes, Jazmine y Kovaloswky discutían alrededor de un holograma sobre si el Vermitrón portátil tenía arreglo o no.
—Solamente es un cable —argumentó Gomes—. Podríamos reducir en varios puntos la circuitería y sustituirlo por uno hecho para el caso. Yo no creo que los estabilizadores del magneto-oscilómetro puedan desbordar realmente el eje de apertura. No hay suficiente margen de inestabilidad.
—Un cincuenta y tres por ciento de probabilidades de error. Eso es lo que me sale a mí —le contestó Jazmine.
—Incluso si solo fuera un 0,000000001 % de probabilidades, no podríamos arriesgarnos a inicializarlo —intervino Kovaloswky—. La rotura del tejido cuántico no solo podría matarnos a nosotros. Teóricamente, el desgarrón podría afectar a regiones enteras del universo, si no rasgarlo entero. Por responsabilidad, no podremos utilizarlo hasta que recompongamos la precisión de enfoque del magneto-oscilómetro. Como científico jefe, que además ha jurado el estándar de riesgos cosmonáuticos, y también en referencia al magneto-océano, prohíbo esta inicialización.
Gomes y Jazmine, preocupados, siguieron revisando el holograma. Pero, en realidad, ya se había dicho la última palabra.
Cuando Timi, Paladia y el resto llegaron al campamento, se encontraron con que los científicos del grupo de Winckley, excepto Gomes, estaban reprochando a su jefe no haberse preparado mejor para los peligros del Planeta X.
Detrás de ellos, el equipo científico directivo permanecía abatido y pensativo. A un lado, varios tripulantes atendían a los heridos Estebaldo y Campos.
—Hemos de salir de aquí lo antes posible —dijo Timi—. Recojan todo. Nos vamos cuanto antes.
—No puede ser en el Vermitrón portátil —respondió Kovaloswky—. Está averiado.
—Los monstruos son inteligentes, aunque no poseen tecnología avanzada, al menos los que hemos visto —añadió Timi—. Tenemos municiones escasas. Las armas de fuego, a diferencia de los láseres, sí los repelen, pero no podemos arriesgarnos a que nos ataquen de nuevo.
Las palabras de Timi no dejaban mucho margen de respuesta, pero faltaba oír la conclusión del equipo científico.
—¿Entonces qué hacemos? —preguntaron Svento y Denoguera a Winckley.
—¡Tú me secuestraste! —estalló Paladia.
Su mirada fulminaba a Winckley, que se vio atrapado entre dos fuegos: las críticas de Marstok y WeiZang, por un lado, y la acusación pública de Paladia, por otro.
Timi se giró hacia él.
—¿Es eso verdad?
—Es cierto —confirmó Marstok—. Y a nosotros nos manipuló.
—Sí —añadió otro—. Y por esto, hasta ahora, han muerto cinco hombres.
Winckley levantó las manos, como si pidiera orden en una junta de accionistas.
—Escúchenme. Nos jugamos mucho en esta expedición. Sabíamos los riesgos. Es cierto que hubo que retener a esta ciudadana durante el traslado, pero su impaciencia nos ha obligado a hacer dos salidas de rescate. Ya estoy elaborando un informe completo de todo lo acaecido. Y sí, ha habido errores. Tenemos que volver a la Tierra cuanto antes con la información recabada y, pronto, dirimir estas rencillas, incluso ante un juez si hiciera falta. Hasta entonces, cooperemos. Tenemos la clave para suministrar metales raros a las principales compañías constructoras de Marte, Venus, la Luna y el Cinturón de Asteroides. Esto puede significar el bienestar de miles de millones de humanos, antropohíbridos y cyborgs.
Todos los presentes quedaron en silencio durante un rato.
Era extraño que no hubiera robots en la expedición, pero tras aquellas explicaciones Timi comenzaba a entender el porqué. Winckley quería ocultar a las constructoras el viaje. Los robots habrían podido ser un punto de fuga de información hacia ellas.
—La expedición pudo haberse hecho con un equipo pequeño y robots —dijo Timi—. ¿Por qué no incorporaste robots, Winckley?
—Sí lo hice. Trajimos dos del tipo Onta25, pero están sin armar, en unas cajas.
—Nada de lo que dices o haces está claro, Winckley.
Timi dio un paso adelante.
—Informo a todos de que Kovaloswky tiene cobertura legal, como jefe científico acreditado, para designar capitán de la nave. Con esa autoridad he contratado la tripulación de la SarTrek. Y, en mi opinión, se dan las condiciones legales para dejarte en este planeta hasta que regresemos dentro de un año.
Winckley tenía detrás a sus tres guardias de corps. Morongo y el Guardián de la Capital se aprestaron a detenerlos si era necesario.
—Hazlo, Timi —dijo Winckley—. Pero ten en cuenta que mi ausencia, aunque finalmente yo no sea tan importante, retrasará el proyecto de construcción de Esferas O’Neill al menos un año.
—No lo voy a hacer, Winckley. Sabes muy bien que no puedo. No puedo dejarte en un exoplaneta legalmente, porque se consideraría negación de auxilio cosmonáutico. Vendrás con nosotros y aclararemos ante un juez, en el continente, este incidente con Paladia y si ha habido negligencias en la organización de tu expedición.
Timi lo miró fijamente.
—Pero te aclaro una cosa: el mando legal de la expedición lo tengo yo. Contraté la tripulación y he sido designado por Kovaloswky.
—Esa nave es mía —repuso Winckley.
—Nadie lo discute. Pero aquí donde estamos, en área transjupiteriana e intergaláctica, es el jefe científico, y no la empresa, quien designa al capitán. Además, la tripulación está contratada por mí. De forma que, si no estás de acuerdo, puedes quedarte aquí. Pero si entras en la nave, irás como pasajero.
Winckley quedó callado, inmerso en un peligroso silencio.
Era de carácter taimado, normalmente frío y cuadriculado, pero sonriente y amable. Casi nunca se dejaba percibir contrariado. En esta ocasión, sin embargo, no pudo evitar mostrarse airado.
—¡Caramba, señores, ustedes lo están viendo! ¡Esto es un abuso! ¡Esto es un abuso!
Entonces alguien gritó desde el borde del campamento:
—¡Vienen!
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