Libro Uno · Capítulo 12

Huida del Planeta X

Capítulo Duodécimo de Timi El Viajero en En Busca del Planeta X.

—¡Vienen!

Denoguera bramó su aviso con la mayor alerta, señalando hacia la paramera oeste. A unos siete kilómetros se vislumbraban seis lagartoides primátidos marchando implacables hacia ellos.

Todo el campamento cesó durante unos segundos la actividad de reembarque para otear a los lagartoides. Luego, inmediatamente, todos volvieron a moverse, pero con mayor velocidad.

Todos excepto WeiZang y Marstok.

Ambos se dirigieron hacia la proa de la SarTrek, donde, bajo la tajamar, Winckley recogía sus bártulos con ayuda de Svento para retirarse con celeridad.

—¡Tú! —gritó WeiZang—. ¡Tú deberías quedarte aquí a recibir a esos lagartos! Que se mezcle su sangre con la tuya, como la de Lautares, Anton, KanOnji y Florez se está mezclando ahora con la tierra, entre las raíces de los cetricántalos. O como Federicho, muerto pisoteado por el arácnido. O como Campos, que ahora está ciego por tu imprevisión. ¿Por qué no trajiste robots?

WeiZang estaba lleno de ira cuando profirió aquel discurso acusador. Incluso así parecía ser él quien moderaba a Marstok, que se encontraba a su lado sosteniendo del brazo a un lamentable Campos, ciego, desorientado y subdelirante, presentado ante Winckley como una prueba incontestable de su acusación.

Winckley los miró con desprecio calculado, incapaz de disimular su convicción de superioridad, decidido a no contestarles nada.

—¡Rápido! —apremió Timi, alzando la voz—. A ese ritmo los lagartoides no tardarán más de cinco minutos en estar aquí.

Mientras hablaba, ayudaba a Elro, Zanos y Bimae a cargar el Vermitrón portátil en la nave.

Ajena a aquella urgencia, y vigilando a Winckley desde que llegaron diez minutos antes, Paladia se adelantó hacia él. Desde el lado opuesto a WeiZang, Marstok y Campos, señaló directamente con el dedo acusador e hizo su propia acusación:

—Winckley, WeiZang tiene razón. Eso es lo que mereces: que te dejemos aquí en las garras de esos alienígenas. Destruiste la Isla Brouk. Destruiste Hook y las Montañas Rosáceas, cuyos habitantes, por tus intrigas, hoy no son más que zombis tullidos. Después arruinaste el Puerto Borikaia y lanzaste a aquellos marineros a la emigración. No contento con todo eso, durante estos últimos años destruiste Tobiga, donde los broukenses supervivientes nos refugiamos para huir de tus maquinaciones. Y, al final, me has secuestrado a mi. Porque me has secuestrado, Winckley. Nos has puesto a todos en las puertas de la muerte solo para saciar tus infames codicias. Ya basta. Que se quede aquí.

Marstok gritaba frente a ella:

—Federicho, Lautares, Anton, KanOnji, Florez… ¿Cuántos más? ¿Por qué no trajiste los robots?

—¡Vienen! —insistió Denoguera, moviendo los brazos en señal de urgencia y alzando aún más la voz.

En popa, en su improvisado estudio, Gomes, Jazmine, la Científica-Política, y Kovaloswky también discutían frenéticamente.

—No puede funcionar —decía Gomes—. El magneto-oscilómetro no está pensado para cortas distancias, sino para pequeños pero enérgicos golpes vibrantes en el tejido cuántico. Podríamos perder la energía del viaje en cuestión de segundos.

—Pero el Vermitrón portátil que hemos examinado tiene carga —repuso Jazmine—, y si es suficiente, sí funcionaría.

—No solo tiene carga —añadió Kovaloswky—. También tiene un pequeño cargador cuántico. El riesgo es extremo, Gomes, no lo dudo. Pero la reparación nos llevaría unos días, y podríamos incluso volver a aterrizar en un paraje mejor.

Timi seguía con la vista el avance de las bestias. Venían formadas en flecha, deslizándose implacables por la paramera hacia ellos, entre rodales de cetricántalos y prados de onirinas.

—¡Embarquen ya! —rogó con desesperación a los dos grupos, mientras ayudaba cuanto podía en las puertas de la nave al resto de tripulantes y expedicionarios.

—¡Él no viene! —señaló WeiZang a Winckley.

—Marstok, dígale a su amigo que embarque de inmediato y deje embarcar a Winckley ya. No tenemos tiempo. Son por lo menos diez.

—Están a tres minutos de nosotros —gritó Denoguera—. ¡Entren ya!

A su espalda, Kovaloswky discutía con vehemencia ante Gomes:

—No, no es un peligro mortal. No tenemos alternativa. Ahora o luego será el mismo peligro, y de aquí hay que marcharse. Es más mortal quedarse. Esos no son simples animales ni solo fieras.

—La nave explotará a veinte, treinta o cincuenta metros después de haber despegado —afirmó Gomes.

—No lo sé —respondió Kovaloswky.

Timi miraba a ambos lados de la nave, y también hacia los lagartoides, sin dejar de ayudar al resto de los galactonautas a embarcar.

—O montan todos, o dispararé esta pistola contra quien intente impedir cualquier embarque.

Winckley se irguió y, con el láser en la mano, comenzó a hablar:

—Ustedes no saben lo que dicen. Estamos ante una extraordinaria oportunidad.

—Embarquen ya —ordenó Kovaloswky, mientras recogía los hológrafos y los lápices de luz para entrar en la nave—. Se lo ordeno yo. Y soy el jefe científico de la expedición.

Atrás, WeiZang insistió:

—Él no va.

Los lagartoides primátidos los alcanzarían enseguida. Ya solo quedaba un minuto para el embarque y otro para la salida. Cada segundo que perdían los acercaba a la muerte.

—Estamos ante una extraordinaria oportunidad como nunca la hubo para la humanidad —repuso Winckley, sin sentirse concernido por la rabia de WeiZang y Marstok—. ¿Culpable yo? ¿Fue culpable Ponce de León cuando se adentró en el mar ignoto y luego en la selva, entre las cavernosas aguas de los pantanos letales de Florida, para encontrar la Fuente de la Eterna Juventud? ¿Culpable yo? Tenemos aquí el material necesario para establecer una civilización de un billón de humanos en el Cinturón de Asteroides del Sistema Solar. Quítense de en medio o les dispararé.

Timi clamó, visiblemente enfadado:

—Baja ese láser, Winckley, o me veré obligado a dispararte yo a ti. ¡Embarquen todos ya!

De pronto, desde el barranco salieron cuatro arácnidos primátidos, como el que había destruido el campamento. En cuestión de segundos se interpusieron en la trayectoria decisiva de los lagartoides contra la SarTrek.

Así, a menos de doscientos metros de los restos del campamento, mientras todavía continuaba la disputa por lo acaecido durante aquellos días y durante los años anteriores por las maquinaciones de Winckley, se entabló una batalla entre ambos grupos de alienígenas exquianos, mortales enemigos entre sí.

Timi, agotando sus últimos recursos pacíficos antes de empezar a disparar, habló directamente a WeiZang y Marstok:

—Entren ya. Y no teman. Winckley será juzgado en la Tierra por estos sucesos, y en la nave quedará recluido en su camarote. Puedo hacerlo y lo haré. ¡Entren!

Paladia, al oír esto, finalmente cedió y salió corriendo hacia la nave.

WeiZang y Marstok se miraron entre sí. Al ver que Winckley bajaba el láser, se allanaron también a dejarlo embarcar.

Todos coincidieron atropelladamente en la puerta de entrada de la SarTrek: Paladia, WeiZang, Marstok, Campos, Winckley, Svento, Gomes, Jazmine y Kovaloswky. Estos últimos se apresuraron de inmediato a organizar los dispositivos del panel de control en el puente de mando, tras una carrera de infarto.

Finalmente, todos estaban dentro.

Sin perder un segundo, Timi y Bimae cerraron la nave justo cuando dos lagartoides primátidos llegaban a la carrera.

El magneto-oscilómetro comenzó sus vibraciones y zumbidos.

De un solo pulso elevó la nave cuatro metros del suelo.

Pero ya allí, impulsándose sobre los restos del campamento de Winckley destruido días antes por el arácnido aullador, el primer lagartoide dio un salto audaz y enérgico. Lanzó sus garras al aire con fuerza descomunal y golpeó brutalmente el casco de la nave.

Un milisegundo después, el magneto-oscilómetro dio un segundo impulso definitivo.

La SarTrek se perdió hacia las profundidades de aquel cielo hiperreal, bordado de rojos brumosos y verdes claros, tras el cual se divisaba el Muro de Hércules, en las antípodas cósmicas del Sistema Solar.

La nave escapó de la estratosfera del Planeta X llevando en su interior a su variopinto paisaje humano.

Atónitos, tripulantes y expedicionarios miraban en las pantallas de sus camarotes el Muro de Hércules-Corona Boreal: aquel supercúmulo inabarcable, en el cuadrante de la Red Cósmica más alejado de Laniakea, el hogar de la Tierra.

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