Libro Uno · Capítulo 3
Kovaloswky
Tercer capítulo de Timi El Viajero en En Busca del Planeta X.
Timi bajó a la cala norte de Tobiga desde su cabaña en el Monte Wilson, acompañado de Txuri Gomasio y Braulín, con el objetivo de hacer la pesca semanal.
Todos los martes y viernes repetía aquella rutina, lloviera o brillara el sol, desde que se había instalado en aquella ladera y había comenzado la construcción de su cabaña, tres años atrás. Bajaba hasta la cala, comprobaba el estado de su velero, lo arreglaba si había sufrido algún desperfecto, lo aparejaba y, si la mar estaba tranquila, salía a pescar con la esperanza de capturar algún pescado que poder comer.
Aquellas pequeñas capturas eran importantes en su dieta, que completaba con leche de cabra, frutas de temporada, frutos secos, algunas verduras de la huerta y huevos de su gallinero. Era una vida sencilla, pero no exenta de aventura.
Horas después, Timi subía por la cuesta empedrada que conducía a su cabaña con las capturas del día cargadas en un caparazón de mimbre trenzado con sus propias manos. Los peces iban cuidadosamente separados por grandes hojas de higuera, fatsia y magnolia, que servían también para proteger el género.
Ese día ascendía ensimismado, pendiente arriba, entre pensamientos y recuerdos que normalmente no llegaban del todo a su conciencia. Habían pasado ya tres años desde el desmantelamiento de las Canteras de Piedra Rosácea y el colapso de la Capital Libre, y Timi había cambiado.
Ya no era el niño adolescente de aquellos duros pero felices años. Ahora era un muchacho alto, con aire marinero y, al mismo tiempo, con la robustez incipiente de un montañés.
Rododendros dispersos salpicaban las laderas, a veces plácidas y a veces pronunciadas, del camino. De pronto vio un bulto caído en medio del empedrado.
Al acercarse, se dio cuenta de que allí yacía una figura humana.
¿Un hombre accidentado? ¿Dormido?
Pantalones de tergal, bata blanca de médico, zapatos de cuero, cara bigotuda y unas gafas medio destartaladas, perdidas entre la nariz y los ojos, fue lo que Timi vio cuando se encontró, azorado, ante aquel hombre tirado en mitad del camino.
Alarmado, lo inspeccionó rápidamente. No vio señales de sangre ni de muerte, así que se dispuso a despertarlo con cuidado. Antes dejó el caparazón del pescado sobre una piedra emergente en la linde del camino.
—Despierte, señor. ¿Qué le ha ocurrido? —le dijo, asomándose a su rostro desvanecido.
Al principio no hubo respuesta. Luego el hombre se movió un poco y comenzó a despertarse.
—¿Qué me ha pasado? ¿Dónde estoy? —preguntó.
—Está usted en el camino de los rododendros al Monte Wilson, al norte de Tobiga.
—¿Qué me pasa?
—No lo sé, buen hombre. No tiene usted ningún golpe. Ni sangre ni signo alguno de haberse caído. Estaba simplemente tumbado en el camino, como tirado, con el rostro mirando hacia el cielo. Se estaba deshidratando al sol. Tome, beba algo de agua.
Timi le acercó la cantimplora a los labios. El caminante caído bebió atropelladamente, con la avidez de quien lleva demasiado tiempo sediento.
—Ah —suspiró el hombre después de varios largos tragos—. Ahora estoy mejor.
—¿Puede incorporarse?
—Sí.
—Le ayudaré. Vayamos a mi cabaña. Allí llamaremos a los servicios médicos de Tobiga para que vengan a recogerle.
—No, por favor. No lo haga.
—¿Cómo?
—No llame a la urgencia médica.
—¿Por qué?
—No he hecho nada malo. Me llamo Kovaloswky.
—Yo soy Timi. Pero, si no ha hecho nada malo, ¿por qué no quiere que le atiendan los médicos?
El rostro bondadoso del señor Kovaloswky contrastaba con la inquietante petición de ocultar lo sucedido.
Kovaloswky, como sufriendo, intentó explicarse:
—No crea, joven, que he hecho algo malo. Al contrario. Vengo huyendo del poder de un hombre muy importante, pero también muy peligroso…
—¿No será un tal Jaime Winckley? —preguntó instintivamente Timi.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó el maltrecho y tembloroso señor.
Avanzaba a duras penas, medio sostenido con un brazo sobre el hombro de Timi, mientras este lo sujetaba cogéndole por el sobaco para ayudarlo a caminar. Afortunadamente, estaban ya a solo doscientos metros de la cabaña.
Después de llegar a la casa, Kovaloswky se tumbó en el banco de piedra del porche, todavía medio mareado. Timi sirvió un refrigerio para ambos y, cuando el señor Kovaloswky se encontró algo mejor y pudo sentarse a la mesa, volvieron a conversar.
—Caballero Timi, a mí me contrató el prestigioso enprendedor Jaime Winckley. Me captó en la red mundial de científicos cuánticos. Mi tarea era formar un equipo de trabajo para crear una máquina revolucionaria de viajes intergalácticos. No sé si sabe de lo que hablo, pero Winckley me seleccionó entre más de veinte científicos para llevar a cabo un proyecto que era el proyecto de su vida, pero también de la mía: fabricar el Vermitrón.
Timi escuchaba absorto, con un enfado creciente, a medida que empezaba a entender que la lucha contra Winckley no había terminado.
—Conozco bien a Winckley, y no puedo estar tranquilo si semejante tecnología está en sus manos. ¿La ha conseguido?
—Sí —reconoció Kovaloswky—. Yo se la di. Pero no sabía quién era realmente hasta que, hace unos meses, vi cómo presionó a uno de los integrantes de mi equipo científico para acelerar el proyecto. Es una mente criminal bajo la apariencia de un empresario filantrópico, amante del mercado y de la gente. Me engañó por completo. Entonces comprendí el error que había cometido al poner en manos de ese psicópata la tecnología más avanzada de la humanidad: el Vermitrón.
—Lo conocemos muy bien. Puede estar usted seguro de que lo es —confirmó Timi.
—Sin embargo, no me fui. Seguí construyendo el Vermitrón. Pero un suceso ocurrido ayer mismo me alarmó tanto que me he visto obligado a huir de la Cala Mariner, donde se encuentran las instalaciones secretas del proyecto.
—Si no recuerdo mal, esa es la cala que está bajo la mansión de Winckley, a pocos kilómetros de Tobiga.
—Así es. Ayer una mujer entró en la cala, trepando entre las rocas del acantilado. Debía de estar investigando algo, y no sé cómo consiguió acceder a las instalaciones del Vermitrón. Por eso fue secuestrada. Porque fue secuestrada, Timi, y no solo retenida, como dijeron los guardaespaldas de Winckley. Aunque le exigí que la liberara, él me respondió que vendría con nosotros al Planeta X, para evitar que la señora Paladia informara al pueblo de la existencia de un proyecto secreto en la Cala Mariner.
Timi sintió que se mareaba.
—¿Ha dicho Paladia?
—Sí. Así es como la llamó Winckley.
—Es mi mejor amiga. Y como una segunda madre para mí. ¿Qué le ha hecho Winckley a Paladia?
Kovaloswky miró al cielo con cierta desesperación. Luego respondió:
—Se la ha llevado en su expedición al Planeta X. Él cree que, si llega el primero allí, podrá reclamar legalmente la propiedad de las extraordinarias riquezas minerales que posee ese planeta, según todos los estudios de exoplanetología que hemos realizado en las últimas décadas. Estamos ante un planeta muy especial. Nada me habría gustado más que ir allí, incluso con Winckley, pero nunca con una persona secuestrada en la expedición.
Kovaloswky calló y empalideció antes de proseguir. Su sufrimiento crecía a medida que hablaba.
—Según mis estudios, ese planeta, ubicado en nuestras antípodas del espacio, posee la mayor concentración de supermetales y exominerales extraños de este vecindario de supercúmulos galácticos. Pero eso no es lo peor. Yo le informé a Winckley de que existía un cinco por ciento de probabilidades de que no pudiéramos volver, o de que nos viéramos obligados a hacer una recarga energética con el señalador portátil del Vermitrón 3000 durante varios años. Le advertí que arriesgábamos nuestras vidas. Yo estaba dispuesto a arriesgar la mía por la ciencia, pero no la de tu amiga Paladia.
Kovaloswky respiró hondo, como si aquella confesión le pesara físicamente.
—Winckley, enfermo de codicia, rechazó mi advertencia y preparó todo para salir hacia el Planeta X hoy mismo. Por eso me escapé de la Cala Mariner.
—Posiblemente usted se desmayó por los nervios que esta situación le ha causado. Le prepararé una infusión, señor Kovaloswky.
Kovaloswky miraba al horizonte sin poder fijar la vista en ningún punto, completamente desasosegado.
—Sí, por favor. La necesito. Necesito calmarme.
—Usted no quiere que el servicio médico informe a los hombres de Winckley en la isla. Ahora lo entiendo.
—Así es. Pero sepa que tengo un as guardado en la manga. Cuando vi las amenazas que Winckley lanzó contra Stanley para que no se tomara vacaciones —sí, cuando le dijo aquello de “su familia no querría perderle”—, y teniendo también la precaución de protegerme y proteger a la sociedad frente a los posibles fallos y riesgos de esta magnífica, pero todavía imperfecta, tecnología perforadora cuántica de agujeros de gusano intergalácticos, tomé una decisión.
Timi lo escuchó con toda su atención.
—En una gruta de la Cala Mariner creé una nave especial que presenté a mi equipo como un simple motor auxiliar para el Vermitrón. Pero allí, engañando a todos, ensamblé una nave espacial de última generación, la nave SarTrek. También cuenta con tecnología de perforación cuántica, aunque de forma más limitada. Para el viaje de ida solo necesita hacer un perfosalto; para el regreso, en cambio, tendría que realizar varios perfosaltos, recargándose entre ellos. Mi idea era que, si Winckley intentaba monopolizar la tecnología de la perforación cuántica intergaláctica, yo sacaría la SarTrek como dominio público mundial. Y ya después la puliría.
—Esa nave podría emplearse para ir a rescatar a Paladia si el Vermitrón no funciona para volver desde el Planeta X —señaló Timi.
—Sí. Pero el regreso será más difícil y arduo que con el Vermitrón. Calculo que podría costar dos años de viaje.
—Sería horrible —dijo Timi.
—Sí. Pero si no pueden volver con el Vermitrón, la muerte de mi equipo y de su amiga Paladia en el Planeta X, solo por la ambición y las prisas codiciosas de Winckley, sería aún más terrorífica.
Los dos tenían ganas de llorar.
Miraban el mar, allá abajo. Miraban el sol, que comenzaba a ocultarse hacia el oeste, tras la sierra del Reino Hok. Miraban el Monte Wilson, cuya cima nevada parecía contemplarlos como un gigante paciente, testigo de la historia, con su calma geológica.
Una breve brisa les acarició las caras.
Si ocurría que la expedición no volvía por aquel cinco por ciento de probabilidades de error del Vermitrón, la vida, pensó Timi, quedaría vacía sin la presencia de Paladia.
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