Libro Uno · Capítulo 2
El Gran Perforador del Universo: El Vermitrón 3000
Segundo capítulo de Timi El Viajero en En Busca del Planeta X.
Veinte años antes del incidente con Pollito, en ese mismo lugar de Tobiga, un variopinto grupo de paisanos parecía danzar alrededor de un complejo e imponente artefacto.
Tubos, cables y un tortuoso laberinto de microcircuitos se mezclaban de forma abstrusa y enmarañada hasta converger en una probeta del tamaño de un elefante.
Tres hombres con batas blancas discutían, daban retoques a este o aquel tornillo y realizaban delicados ajustes en las conexiones de los puertos de aquella espectacular tecnoescultura. Era una máquina informacional, pero no cualquier máquina.
Winckley sonreía satisfecho ante el Vermitrón, la máquina informacional gusano-perforadora de tejido cuántico con la que planeaba lanzarse a las antípodas del sistema solar, en las estribaciones del universo conocido: la megaestructura llamada Muro de Hércules-Corona Boreal. Lejos, muy lejos de la Tierra.
El Vermitrón estaba a punto de ser puesto en marcha para su primera prueba. Después vendría el ajuste final, en el que un afilado algoritmo, cuidadosamente entrenado, abriría un agujero de gusano temporal reversible —un AGTR— por el que sería posible entrar y salir.
¿A dónde?
La carrera profesional de Jaime Winckley estaba a punto de llegar a su culmen con la puesta en funcionamiento del Vermitrón. Había comenzado su peripecia en el continente asiático, donde fue alcalde de una pequeña población. Allí todavía le recordaban, aunque no con muchos honores, pues aún seguirían pagando durante décadas la deuda endosada durante su mandato.
Con los bolsillos llenos, nuestro héroe empresarial saltó a la ciudad de Pekín, donde logró el puesto de ejecutivo jefe de una pequeña empresa internacional dedicada a producir pomos de puertas. Poco después, la empresa quebró y fue absorbida por la competencia tras una rara jugada maestra a tres bandas entre la bolsa, los proveedores y una supuesta filtración desde el interior de la propia empresa.
Winckley salió multimillonario de allí y, tras emigrar —por no llamarlo de otro modo— de Asia, dedicó un periodo de estudios exhaustivos a decidir dónde podía organizar el futuro. Llegó entonces a la conclusión de que el lugar perfecto era aquel peñasco perdido en medio del Atlántico: la Isla Brouk, tan poco conocida por casi todo el mundo.
Allí pudo asentar sus posaderas para urdir su nuevo y ambicioso plan vital: liderar entre bambalinas los negocios mundiales. ¿Quién podría imaginar que el más poderoso directivo del mundo iba a estar instalado en la Isla Brouk, aparentando ser apenas un simple depredador desarrollista local? Tenía la cobertura perfecta.
La primera etapa del plan fluyó de manera impecable. Consistía en superdesarrollar la industria de la isla, especialmente las canteras de piedra rosácea, muy apreciadas en el continente por su elegancia e ideales para la exportación, hasta llevarla al colapso. Así lograría vaciar la Capital Libre y reorganizar la isla entera a su gusto para acometer sus planes de altos vuelos.
Era un plan perfecto.
Winckley miró con orgullo su obra cumbre: el Vermitrón, resultado final de diez años de esfuerzos.
—¡Funciona! ¡Funciona!
En el interior de la probeta acababa de desaparecer la patata que ocupaba su centro.
—Sí, pero ahora hay que regresarla a la probeta.
Los operadores del equipo científico, Marstok, Gomes y WeiZang, se miraron para coordinarse. Tras recibir la aprobación de sus colegas, Gomes pulsó el botón de regreso. La patata reapareció de inmediato. Casi simultáneamente, un informe técnico del Vermitrón salió de una pequeña impresora situada al otro lado de la estancia.
—El Vermitrón es seguro —anunció Gomes.
Winckley rebosaba de felicidad. La prueba de concepto había funcionado. Ese mismo lunes partirían hacia el Planeta X.
De pronto, Miguelez entró en la espaciosa estancia del Vermitrón llevando agarrada por un brazo a Paladia, que gritaba enfadada:
—Winckley, ya basta. Dile a tu matón que me suelte. Tienes que desmantelar esta fábrica que has montado en nuestra cala. Hoy mismo. Sabes que no tienes permiso para esto. Te voy a denunciar.
Los científicos se miraron alarmados. El propio Winckley se preocupó. Paladia, de alguna forma, había conseguido atravesar las varias capas de seguridad que ocultaban las instalaciones del Vermitrón.
No. Paladia no arruinaría el proyecto.
En ese mismo instante, Winckley decidió que Paladia quedaría arrestada e iría con ellos al Planeta X. No podría volver a Tobiga hasta que la misión estuviera cumplida.
Detrás de todos permanecía Kovaloswky, el jefe científico, con mirada indiferente, leyendo el informe del Vermitrón.
Winckley ordenó a Miguelez y a su guardia que retuvieran a Paladia mientras decidía qué hacer para que aquella torpe lugareña no arruinase su importantísimo e innegociable proyecto de viaje al Planeta X, crucial —según él— para la humanidad.
No necesitó mucho tiempo para darse cuenta de que no podía dejar suelta a Paladia hasta obtener las pruebas que le permitirían demostrar el enorme tesoro de recursos aprovechables del Planeta X y reclamar su propiedad como su descubridor.
El genio científico Kovaloswky le había asegurado que allí se depositaban cientos de millones de toneladas de galvanio, estroncio, crirotanio, asboracio y otros minerales ultrarraros. El Planeta X se encontraba en las antípodas de nuestro supercúmulo del universo, Laniakea, y solo era accesible mediante el Vermitrón 3000, el perforador cuántico de agujeros de gusano de largo alcance diseñado por Kovaloswky.
Winckley decidió que llevaría a Paladia con ellos, quisiera o no. No podía arriesgarse a que escapara y contara su secreto: durante años había construido en silencio una enorme base oculta en la Cala Mariner, el rincón más inaccesible de la costa este de la Isla Brouk. Si alguien se enteraba, la competencia podía adelantarse y poner en riesgo la millonada de dineros que alcanzaría a tener si era el primero en acceder a aquellas riquezas galácticas.
Paladia iría con ellos sí o sí. Si daban con esas riquezas, simplemente se le entregaría una parte del botín para callarle la boca. Seguro que aceptaría.
No era la decisión que Winckley habría tomado normalmente. Ni normalmente ni nunca, en realidad, con una sola expeción… y es que no había alternativa. Por el bien de su proyecto, por el bien de llegar a ser el mayor ejecutivo de la Tierra, el filántropo número uno y el gran benefactor de la humanidad futura, que construiría miles de Esferas O’Neill en el Sistema Solar gracias a aquel descubrimiento suyo, no quedaba más remedio que secuestrar —¡qué palabra más fea!— a Paladia por un par de días.
A la mañana siguiente, diez hombres de Winckley se introdujeron en el área de trasvase marcada para el Vermitrón 3000. Varios eran científicos; otros formaban parte del equipo de seguridad. Paladia iba a la fuerza con ellos, sujeta entre dos robustos armarios humanos, guardaespaldas de Winckley, sin poder hacer nada para evitar ser introducida en la cámara de trasvases intergalácticos.
Winckley se la llevaba para evitar sorpresas.
Entraron en el área de trasvase del Vermitrón 3000, que parecía un portal interdimensional, y se dispusieron a ser lanzados por el agujero de gusano, tal como habían ensayado docenas de veces.
Entonces Gomes, encargado de custodiar el Vermitrón portátil para instalarlo en el Planeta X, llegó azorado a la plataforma de trasvase y exclamó:
—Kovaloswky no está. Ha desaparecido. No lo he encontrado ni en sus estancias, ni en el laboratorio, ni en ninguna de las áreas de trabajo. He hecho un barrido de videocámaras y sensores, y el resultado es que Kovaloswky no se encuentra en ninguna de las instalaciones de la Cala Mariner. Se ha ido.
Winckley ni se inmutó. Solo preguntó:
—Señor Gomes, ¿está usted capacitado para operar el Vermitrón e instalar su versión portátil en el Planeta X?
—Sí —respondió Gomes, con profunda seguridad.
—Bien. Entonces proceda. Envíenos a todos al Planeta X. En cuarenta y ocho horas estaremos de vuelta de nuestro viaje, y todos ustedes serán millonarios de por vida.
Gomes escuchó las palabras de Winckley y en sus ojos brilló un tsunami de codicia. Inmediatamente movió varias manivelas, pulsó algunos botones, consultó ciertos sensores y finalmente avisó:
—No se muevan. Abróchense a sus puestos de lanzamiento y contengan la respiración durante los primeros tres segundos. En menos de veinte segundos estaremos todos en la planicie norte de la montaña Guanlain, en el Planeta X. ¡Preparados, listos, ya!
Un enorme fogonazo iluminó por completo la gigantesca sala del Vermitrón 3000.
Por un instante, todo pareció detenerse. Entonces la máquina perforadora tembló como si un terremoto la sacudiera. Un quejido metálico retumbó sobre ellos, seguido de un crujido aterrador y de un golpe seco, como si algo gigantesco hubiera colapsado.
El polvo se alzó en una pequeña nube, flotando en el aire durante unos segundos.
Cuando se disipó, en el lugar que ocupaban los doce viajeros intergalácticos y todos sus pertrechos ya no había nada ni nadie..
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