Libro Dos · Capítulo 19

Hibernación en el Vacío de la Corona del Hilo de Ariadna

Capítulo Décimo noveno de Timi El Viajero en En Busca del Planeta X.

Sí, estar semihibernados, envueltos por la realidad virtual en aquellos equipos comprados por Kovaloswky con dineros de Winckley, como cualquier otro cosmonauta del Sistema Solar, era una experiencia enriquecedora.

Muchos quizá quisieran vivir siempre así, lejos del delito y de los pecados, sin fricciones sociales ni injurias políticas, asistidos por una inteligencia artificial específicamente entrenada para mejorar las condiciones de semihibernación y de ensueño.

Dormían siguiendo un ritmo natural, circadiano, pero, a la vez, en la semihibernación de la semivigilia, nadaban por océanos virtuales que, relajantes, envolvían en el ser simulado al ser humano real.

En dos hileras de burbujas vitales, distribuidas en dos de los tres pisos de la SarTrek, hundida en el Vacío de la Corona del Hilo de Ariadna, a cincuenta millones de pársecs de cualquier lugar, excepto quizá de alguna delgada galaxia también perdida en el vacío, estar así, como cualquier otro cosmonauta, no era en realidad estar como cualquier otro cosmonauta.

Porque no todo cosmonauta semihibernado está perdido en la noche densa del vacío, perseguido por un Imperio asustado y dolido, durmiendo en vida suspendida, camuflado en la inmensidad, más allá, mucho más allá del Complejo de Shapley.

Todos estaban en semiexistencia, danzando en las olas de la realidad virtual de la semihibernación. A veces dormían. A veces permanecían semiconscientes.

Todos excepto el grupo del retén que velaba por ellos.

Solo que había una guardia dentro de la guardia: cada veinticuatro horas, como un reloj, tres de los cinco celadores se iban a dormir y quedaban solo dos tripulantes despiertos, de los veinticuatro supervivientes de la expedición al Planeta X. Dos personas velando por los diecinueve semihibernados y por los otros tres celadores del retén que en ese momento dormían.

Siete días llevaban así.

El magneto-oscilómetro iba cargándose lentamente de energía con fluctuaciones cuánticas. Estaba al cincuenta y cinco por ciento de la energía necesaria para dar el siguiente perfosalto hacia el Vacío del Dragón de Teseo, ubicado entre la constelación del Dragón y el Muro de Hércules, ya en las estribaciones del supervacío de Boötes.

Timi estaba en la sala de control.

Aburrido, activó mecánicamente el hológrafo inmersivo para que recreara en la estancia lo que las cámaras captaban en el exterior de la SarTrek.

De inmediato lo envolvió un manto oscuro.

Ni una estrella.

Ni un sonido.

Ni un reflejo.

Era devastador para el ánimo.

Ahora entendía por qué, no solo para minimizar el gasto de energía, sino también —y principalmente— por los problemas psicológicos que aquella sensación podía provocar en las tripulaciones, se ordenaba hacer semihibernaciones en determinados contextos.

Sí.

Sí se veía algo.

Un diminuto reflejo semigris en un punto sobre él.

Podría ser una galaxia perdida en la oscuridad, un resto de materia que el vacío no empujó hacia el Muro de Hércules durante su crecimiento, en algún momento del pasado.

De pronto, de la noche inmersiva surgió la silueta del doctor Moreau.

—Hola, Timi.

—¡Ay! ¡Qué susto! Anúnciese antes de entrar en un holograma inmersivo, Moreau, que casi me da un síncope.

—Disculpe, capitán. No era mi intención. Todos duermen, o balbucean semiinconscientes en los mundos virtuales de la semihibernación.

—Así es como mejor se está aquí.

—Ya le digo. Es mil veces más aburrido y desagradable, por no hablar de la inquietud que impone, estar de retén.

Timi lo miró con curiosidad.

—Usted no salió de la Tierra cuando empezó la expansión de las estaciones extraterrestres, ¿verdad?

—Ni como turista. Bastante tenía con mis hijos.

—¿Sus hijos son híbridos antiguos?

—En efecto. No son defectuosos, como hemos visto muchos otros después. Fueron de los primeros que hubo. Por mi mala cabeza creí que podría darles ventajas de supervivencia si les ponía cualidades de animales poderosos.

—En un mundo solo de híbridos quizá hubiera tenido razón —dijo Timi—. Pero con la explosión de organismos humanos y humanoides de las últimas dos décadas, supongo que eso les ha generado problemas.

Moreau le agarró del brazo, como apoyándose en él, consternado por aquellas palabras.

—Sí, capitán.

—Siento haberle inquietado, doctor Moreau. Sus hijos son unos buenos chicos. Demostraron su valía en el Planeta X cuando nos atacaron los arácnidos primátidos.

—Pienso en su madre.

Timi no había desconectado el modo inmersivo del hológrafo durante toda la charla. Pero la noche parecía haber desaparecido, superada por los contrastes del dolor de padre que ahora el doctor Moreau compartía con él.

—Puede hablar, doctor Moreau. Está usted con un amigo.

En silencio, Moreau comenzó a llorar.

Timi entendió lo que ocurría, aunque Moreau no lo explicaba con palabras. No podía. Era la angustia de su vida.

—Entiendo, doctor Moreau. Pero ella estaría orgullosa de sus hijos, como lo estamos toda la tripulación de la SarTrek. Recuerde que el mismo Winckley también es un híbrido y, aunque a veces haga cosas aborrecibles, es innegable que es un humano muy capaz.

—Muchas veces me arrepiento de mis sueños científicos aventureros de redimir al hombre por medio de mejorarlo mediante hibridaciones. Sí, yo fui uno de los biólogos, biotecnólogos, médicos y zoólogos que comenzaron discretamente, hacia finales de los años noventa, a hacer experimentos secretos. Nunca pensé que íbamos a dejar a docenas de millones de humanos hibridados padeciendo las ignominias de este limbo social.

Timi guardó silencio un instante.

—Algunos de mis mejores amigos son hibridados. Luego vinieron los cyborgs, y los robots humanoides, y estos compañeros pasaron de moda. Incluso cuando se determinó que las hibridaciones solo podían hacerse para la conquista del espacio exterior, siempre he procurado estar con ellos. Usted vio cómo recluté a la tripulación.

—Sí. Se lo agradezco. Fue sin discriminación.

Afuera no había casi materia en docenas de millones de pársecs a la redonda. El frío era casi absoluto. El holograma inmersivo reflejaba con fidelidad aquel silencio.

Dormían o semihibernaban todos.

Ningún ruido en la SarTrek.

Y silencio.

Silencio entre los dos.

Silencio de haberlo dicho todo, todo lo necesario.

Aquel rotundo silencio duró varios minutos.

Luego Timi desconectó el modo inmersivo del hológrafo, y la sala de control apareció acogedora a su alrededor.

—¿Qué será lo siguiente? —preguntó Moreau.

—Después de esta semana nos encaminaremos, de un solo perfosalto, hacia el Vacío Espacial del Dragón de Teseo, ya indiscutiblemente fuera del Imperio Nepok. Y usted se librará de la siguiente guardia, amigo Moreau.

Moreau, que temblaba y parecía haber llorado largamente, respondió con una sonrisa:

—Pediré aprender nanotecnología y subir al Himalaya en la realidad virtual neural durante la semihibernación.

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