Libro II · Capítulo 26

Los garvones de Elysara

Capítulo vigesimosexto de Timi el Viajero: En busca del Planeta X.

—Hola, Marstok —dijo WeiZang al entrar en su habitáculo—. ¿Cómo estás? ¿Cómo sigue todo?

Marstok no respondió de inmediato.

Estaba tirado como un trapo en el sillón reclinable de su burbuja vital, en el primer piso de la SarTrek, rozando su media melena el panel curvo de la nave. Miraba con los ojos fijos hacia ninguna parte y escuchaba, sin escuchar, los brutales golpes de los garvones contra el casco exterior.

—TRAK-TRAK-TRAK-TRAK… TRAKKKK… SBORROUM…

Después llegaba el silencio.

Un silencio denso, compartido sin necesidad de palabras, en el que ambos reconocían la angustia de lo irremediable: todo lo sucedido desde el Planeta X continuaba dentro de ellos y ya no tenía vuelta atrás.

—Me pesa mucho la mente —dijo Marstok por fin—. No aguanto más en este planeta. En realidad, estoy cansado de toda la expedición. Estoy reventado.

WeiZang lo observó con paciencia.

—Marstok, ¿por qué votaste a Winckley? —le reprochó—. ¿Qué pensarían nuestros compañeros caídos si supieran que lo apoyaste? Estás irreconocible.

—Me da igual.

—No te da igual.

—Sí. Me da igual. Ya no aguanto más este planeta. Ya no aguanto más esta nave. Ya no aguanto más esta expedición.

WeiZang bajó la mirada, preocupado, como si buscara la respuesta en algún lugar de sí mismo.

—Ya sé lo que te pasa.

Marstok alzó la cabeza.

—¿Qué es lo que me pasa, según tú?

WeiZang cerró los ojos un instante.

—Odias los perfosaltos.

Marstok se quedó inmóvil, pensativo.

—No es odio. Es que solo imaginar que todavía tengo que hacer diez perfosaltos más, que debo pasar otras diez veces por esos tres minutos horribles en los que siento que me trituran, me dan ganas de llorar. ¡Diez veces! ¡Si el capitán Timi no hubiera cambiado el sentido de su voto, me habría ahorrado todos estos perfosaltos de la ida y la vuelta a Gankor! ¡Ahhh!

—Marstok, reponte. Te estás desmoronando.

—Sí. Ya lo sé.

WeiZang lo miró como se mira a un hombre derrotado: no completamente culpable de su caída, pero sí vencido por algo que ya había empezado a destruirle la voluntad.

Entonces volvió a oírse una ráfaga seca, semejante al barrido de una metralleta contra los paneles de la nave.

—TRAK-TRAK-TRAAAKATRAK-TRAKKKK… SBORRROUMMM…

Marstok ni siquiera se inmutó. Y aquella ausencia de reacción era precisamente lo más preocupante. Miró la pared con aburrimiento, como si su mente estuviera muy lejos de allí. WeiZang, en cambio, sintió un escalofrío que casi se convirtió en terror…

Eran los garvones.

Nadie sabía por qué atacaban de aquel modo. Eran los animales más numerosos de Elysara, un planeta perdido en una desviación excéntrica del itinerario de la SarTrek en su regreso a la Tierra. Formaban pequeñas nubes que planeaban sobre los prados, junto a las riberas y alrededor de las zonas de agua. De cuando en cuando, sin una pauta reconocible, una de esas nubes convergía sobre la SarTrek y se precipitaba contra el casco como si pretendiera destruirla.

Y no venían solos.

Detrás de ellos avanzaban a menudo, en hileras, los mosquetones: organismos más grandes, torpes y terrestres, pero tan obstinados como los garvones. Corrían hasta las bases exteriores de la SarTrek y las golpeaban con sus cuerpos y sus trompas articuladas, como si aquella mole de tecnología humana fuese para ellos un árbol, una montaña viviente o un templo que los atrajera con una fuerza incomprensible.

Durante cuatro días, la nave había vivido sometida a aquel régimen de tensión. Ocho o diez veces por hora, sin advertencia, las ráfagas de golpes y zumbidos estallaban al otro lado del casco. Aunque no parecían representar un peligro real, destrozaban los nervios de los tripulantes y del pasaje como si la nave estuviera a punto de ser atravesada.

—TRAKKK-TRAK-TRAK-TRAK… TRAK… SBROUUUUM…


*******

En la tarde del cuarto día de aquella segunda estancia en Elysara, tras el regreso de Gankor, el Comité Científico convocó una junta abierta en la sala principal. Podía asistir cualquier miembro de la tripulación o del pasaje. Había que hablar del ambiente irrespirable que los ataques habían creado y determinar, una vez más, por qué los garvones y los mosquetones actuaban así y si podía descartarse definitivamente un riesgo serio para la SarTrek.

Durante la primera estancia en Elysara, cuando la nave todavía se dirigía hacia Gankor, aquellos organismos ya habían demostrado ser molestos, agotadores y, en apariencia, inofensivos. Pero ahora la tripulación estaba dividida y emocionalmente exhausta. Ya no se encontraba en condiciones de recibir con serenidad ninguna anomalía exoplanetaria más.

Jazmine volvió a explicarlo.

Y se notaba que estaba cansada de repetirlo.

—Llevo días diciéndolo —afirmó, con las dos manos apoyadas sobre la mesa—. Y ya lo demostramos durante la primera estancia. Esta nave está preparada para soportar impactos muchísimo más violentos, incluso cien veces superiores a los de los garvones y los mosquetones. En relación con el casco de la SarTrek, los garvones son como mosquitos estrellándose contra el parabrisas de un automóvil. No hay motivos materiales para pensar que puedan abrir una brecha.

—TRAK-TRAK-TRAK-TRAK… TRAKKKK… SBOUURRRMMMM…

Nadie respondió.

—Con los mosquetones ocurre lo mismo —continuó Jazmine—. Producen ruido, incomodidad y un desgaste psicológico evidente. Podrían deteriorar materiales blandos si permanecieran demasiado tiempo expuestos, pero no pueden atravesar ni comprometer el casco de la nave.

A pesar de sus argumentos, todos seguían sintiéndose exhaustos y en peligro. En la SarTrek se extendía una ansiedad que ya no respondía a las pruebas materiales ni a los razonamientos. El miedo había dejado de obedecer a la razón.

—Este planeta nos cansa —dijo Winckley—. Y eso que es uno de los más bellos que hemos visto.

Svento, sentado al fondo, lo corrigió:

—No es uno de los más bellos. Es el planeta más bello que hemos visto desde que salimos de la Tierra. La pena es que no podamos caminar por él sin escafandra y traje de seguridad a causa de los garvones.

En efecto, Elysara era un exoplaneta bellísimo. Pero su belleza era huidiza.

Su paisaje más extendido recordaba a unos pastos marítimos irlandeses, suavemente ondulados, con colinas bajas, piedra gris pálida y una luz azulada que no parecía proceder de un sol, sino de alguna memoria antigua del cielo. No era un planeta húmedo, pero tampoco seco. Carecía de grandes océanos, aunque abundaban los lagos, los charcos, los arroyos poco profundos, las cavidades interiores y los depósitos de agua acumulados en las zonas hundidas de su geología. Alrededor de ellos, los prados se prolongaban hasta perderse en el horizonte.

La SarTrek se había posado sobre una extensa planicie de pastos pálidos, casi transparentes, entre los que apenas asomaba la piedra caliza. Desde lejos, todo parecía amable. Sin embargo, cuando uno se detenía a escuchar y observaba aquellas nubes de organismos semitransparentes trazando erráticas trayectorias, el paisaje empezaba a cansar por dentro.

Los garvones tenían el tamaño de una cigarra. Eran casi invisibles, de lomo grisáceo, con cuatro patas funcionales y una boca terminada en una trompa articulada, mucho más versátil de lo que hacía suponer el tamaño del animal. No poseían ojos visibles. De hecho, ninguna de las formas de vida de la superficie de Elysara parecía tenerlos. Su sistema sensorial debía de basarse en vibraciones, química ambiental, campos minerales o alguna forma de percepción todavía no clasificada.

Los mosquetones eran mayores, del tamaño de una ardilla, aunque algunos apenas superaban una bola de billar. Tenían algo de escarabajo, algo de crustáceo terrestre y algo de criatura inacabada, como si la evolución hubiera intentado construir un animal de superficie con materiales de caverna.

También carecían de ojos visibles.

También buscaban algo.

Siempre.

Los garvones revoloteaban sin descanso, molestando a todas las formas de vida. Incluso los mosquetones huían a veces desesperadamente al percibir su zumbido. Las pocas plantas que sobresalían del césped elysariano expulsaban ciertos gases nutritivos que los garvones parecían necesitar. A cambio, estos alejaban de ellas a los mosquetones, en una simbiosis rudimentaria, irritante y perfecta.

Todo en Elysara parecía necesitar algo que no tenía.

Quizá por eso la SarTrek los atraía tanto.

—TRAK-TRAK-TRAK-TRAK-TRAK… BRBREOUMMMDMMM…


Abajo, en el primer piso, la conversación entre WeiZang y Marstok continuaba, interrumpida a intervalos por las ráfagas contra el casco.

—Esta vez estoy dañado de verdad —se lamentó Marstok.

WeiZang se sentó a su lado.

—Reponte, por favor. Si tú te desmoronas, quizá no logremos defender en la Tierra la memoria de nuestros compañeros caídos en el Planeta X por culpa de Winckley.

—Sí —respondió Marstok—. Eso es cierto. Pero no quiero que me tomes por loco. Hay algo que nunca te he contado.

WeiZang no dijo nada. Esperó.

Marstok golpeó con los nudillos el panel, como si desafiara a los garvones y a los mosquetones a continuar.

—Desde niño tuve pesadillas con animales voladores que golpeaban las paredes de mi cuarto. Los garvones se parecen de una manera extraordinaria a aquellos seres. Y los mosquetones me recuerdan a unas cucarachas enormes y peludas que los acompañaban, golpeando el suelo al otro lado de la puerta. Cuando crecí dejé de tener aquella pesadilla. Pasaron muchos años. Pero, al llegar a Elysara y comenzar los ataques durante la primera estancia, algo dentro de mí volvió a romperse.

WeiZang procesó muy despacio lo que acababa de escuchar. Quizá Marstok lo hubiera deformado con los años. Quizá necesitara creer que el miedo venía de un lugar más antiguo que la expedición.

—¿No puede ser que tu mente esté mezclando esas pesadillas con el miedo al próximo perfosalto? —preguntó—. ¿Y que tampoco hayas perdonado a Timi por cambiar su voto y llevarnos a Gankor? Sean ciertos o no todos los detalles de esos sueños, la solución no puede ser rendirte y dejarte caer dentro del miedo.

Marstok abrió la boca para protestar, pero no encontró palabras.

Otra ráfaga golpeó el casco.

—TRAK-TRAK-TRAK-TRAK… TRAKKKK… BROUMMMM-SBROUMMMMM…

Esta vez cerró los ojos.


En la sala de juntas, Winckley propuso capturar un garvón y un mosquetón y exhibirlos ante el pasaje para demostrar públicamente que eran inofensivos.

—Salga usted mismo a buscarlos —replicó Kovaloswky.

Winckley se calló.

—Yo acompañaré a quien haga la salida —dijo Morongo desde una de las filas laterales.

Antes de que la discusión se desviara, el doctor Moreau se adelantó y tomó la palabra.

—Durante nuestra primera estancia, mi hijo Manku y yo concebimos un plan de estudio exobiológico más profundo de Elysara. Partimos de la hipótesis de que los garvones y los mosquetones no se encuentran en su verdadero ecosistema. Creemos que bajo estas colinas existe un sistema subterráneo de naturaleza kárstica y que habría que explorarlo. Manku posee la formación y las capacidades adecuadas para hacerlo. Solo necesita que se le conceda una oportunidad.

Moreau, mirando hacia la zona ocupada por el Comité Científico, culminó así alocución:

—Pedimos recursos, apoyo de seguridad y cuatro días para completar un primer informe. Proponemos celebrar una nueva junta el octavo día de nuestra estancia. Mientras tanto, comunicaremos cada avance relevante para que la nave pueda concentrarse en otros trabajos durante la recarga del vermitrón portátil, antes de partir hacia Lena y retomar la trayectoria de salida del Supercúmulo de Shapley.

La mayoría de los presentes, cansados y abotargados, recibió la iniciativa con alivio. Se votó a favor de apoyar al doctor Manku «Leopardo» Moreau y a su padre en la exploración del subsuelo elysariano. Morongo formaría parte del equipo exterior de protección.

La lógica absurda del sobresalto empezó a transformarse en expectación. En lugar de alimentar hipótesis temibles —garvones al servicio de los Nepok, nuevas manifestaciones del Oceanus Interminabilis de Especulum Caelistia 1 o cualquier otra amenaza inconcebible—, la nave esperaría datos e informes con las sólidas interpretaciones de Manku y su padre.

Y eso, finalmente, lo proporcionaría un humano híbrido, doctor en biología, al que muchos habían subestimado precisamente por ser híbrido.

*******

Cuatro días después, en el octavo día de aquella segunda estancia en Elysara, Manku «Leopardo» Moreau presentó su informe ante el Comité Científico, la tripulación y el pasaje reunidos en junta abierta.

Tenía el rostro cansado, pero también la satisfacción de quien ha logrado comprender un pequeño fragmento del mundo y desea ofrecer el producto de su trabajo a los demás.

—Cuando bajé por primera vez de la nave para observar el entorno de Elysara —comenzó—, lo primero que vi fue una concentración de garvones. Son organismos del tamaño de cigarras, de morfología compleja, casi transparentes y extraordinariamente zumbadores. Sus vibraciones resultan muy desagradables para los terráqueos, incluso para los humanos híbridos como yo.

Algunos sonrieron ante la ironía.

Manku registró la reacción a su guiño humorístico, también sonriéndose él, y continuó:

—Al principio intenté ignorarlos para comprobar si perdían interés. No funcionó. Uno de ellos se acercó, me olió —o hizo algo equivalente a olerme— y encontró en mí algo que le atrajo. Era, al parecer, la misma señal que percibían en la nave. En pocos segundos, miles de formas semitransparentes se arremolinaron alrededor de mí y de la SarTrek. Tuve que activar el campo electrostático del traje para repelerlas. Atrás, en torno a la nave, se lanzaban contra el casco e intentaban clavar en él sus trompas. Muchos quedaban con sus cuerpos destrozados por el impacto; otros caían exhaustos. La magnitud de la concentración a mi alrededor me obligó a regresar, aunque pude recoger una gran cantidad de datos.

Manku activó varias imágenes holográficas.

—En una segunda salida utilicé un traje recomendado por mi padre, con mayor ocultación de olores y camuflaje químico. Funcionó solo en parte. Pude recorrer los alrededores y estudiar la fauna, la flora y la geología. Y descubrí varias fisuras casi invisibles, ocultas bajo los pastos y extendidas a través de las colinas. De ellas salían las dos formas principales de vida superficial: garvones y mosquetones.

En el hológrafo aparecieron las figuras de los dos ejemplares tras su captura, y luego Manku destapó la jaula en que se encontraban ahora los dos animales.

—Los garvones son pequeños y producen un zumbido muy intenso en proximidad — describía mientras indicaba a los animales Manku -. Los mosquetones pueden alcanzar el tamaño de una rata grande, rara y peluda, medio cucaracha, como pueden ver, aunque algunos son bastante menores. Ambas especies comparten rasgos anatómicos: ausencia de ojos visibles, trompas articuladas, exoesqueletos con segmentaciones más complejas que las de los invertebrados terrestres y una orientación conductual muy intensa hacia determinados nutrientes minerales.

El mosquetón se movió dentro de su cámara.

Varios tripulantes se apartaron instintivamente.

—No va a salir —dijo Manku—. Y, aunque saliera, no sabría qué hacer con nuestra nave, salvo buscar en ella sustancias que cree necesitar.

Jazmine asintió.

—Eso coincide con nuestros análisis.

—La flora superficial —prosiguió Manku— es poco diversa. En gran parte recuerda a un césped terrestre debilitado y extendido hasta el horizonte. Algunas plantas mayores liberan gases nutritivos que los garvones aprovechan. A cambio, los garvones las protegen de los mosquetones. Pero la superficie no es el verdadero centro biológico de Elysara…

La sala se quedó inmóvil y expectante ante esa afirmación de Manku.

—Tras varias horas de exploración encontré la entrada a un sistema de cuevas. Al día siguiente me adentré en lo que considero el ecosistema originario de los garvones y los mosquetones. Las primeras galerías no eran muy profundas, aunque algunas zonas estaban parcialmente derrumbadas. Allí abajo, el planeta cambiaba. No había plantas superficiales, pero sí clados semejantes a hongos, organismos bioluminiscentes, esporas, formas parecidas a los criones y una diversidad mucho mayor de garvones y mosquetones. Los criones, que describiré en otro informe, poseen unas membranas de planeo que les permiten salvar grandes distancias entre las galerías.

El proyector holográfico mostró cavidades húmedas, luces biológicas y paredes minerales cubiertas de reflejos verdosos.

—Cuanto más descendía, menos interés mostraban los organismos por mí. Incluso cuando, bajo condiciones controladas, reduje parte de la protección química del traje, apenas reaccionaron. Mi hipótesis es que el subsuelo contiene abundante agua, materia orgánica y refugios biológicos, pero escasea en determinados micronutrientes metálicos. Los garvones ascienden para obtener hierro, cobre, zinc y otros compuestos depositados en la superficie, posiblemente por antiguos impactos meteoríticos. Después los transportan hacia las galerías y actúan como una especie de bisagra entre el Elysara exterior y el Elysara profundo.

Kovaloswky se inclinó hacia delante.

—¿Cree que esos minerales tienen origen meteorítico?

—Es la hipótesis principal —respondió Manku—. En los niveles inferiores encontré manantiales, riachuelos, depósitos minerales y materiales que podrían proceder de meteoritos. Incluso es posible que existan formas de lluvia subterránea ligadas a la condensación dentro de las galerías. Hace miles de millones de años elysaranos, una lluvia de impactos que se prolongaría durante una o varias eras pudo golpear la corteza, abrir los sistemas cavernarios y aportar los metales que necesitaba la vida nacida allí abajo. Elysara no posee grandes mares exteriores. Es posible que su principal historia biológica no comenzara en un océano superficial, sino en una red de aguas interiores.

—Una especie de transición ordovícico-silúrica terrestre sin océano superficial —murmuró Jazmine.

—Exacto —respondió Manku—. Una expansión hacia la superficie sin haber pasado por un océano exterior comparable al terrestre. La vida visible de Elysara parece sencilla porque su verdadero laboratorio evolutivo se encuentra bajo tierra. La ausencia de ojos puede explicarse por ese origen cavernario. En la superficie sobreviven, pero no están plenamente en su elemento.

Timi recorrió con la mirada a los participantes haciendo un gesto de aprobación, como si quisiera compartir con todos su admiración por la solidez del informe. Finalmente, sus ojos se detuvieron en Marstok.

Marstok seguía tenso, pero ya no parecía completamente deshecho. Las explicaciones ordenadas de Manku, expuestas sin dramatismo y sostenidas por pruebas, parecían devolverle un centro.

Manku continuó:

—También en la Tierra existe una biosfera profunda. Está bajo los suelos y los fondos oceánicos, dentro de las grietas del granito, en los poros de las rocas sedimentarias, en las formaciones kársticas y en acuíferos que no han visto la luz durante miles o millones de años. No forma selvas ni levanta arrecifes. No produce hojas, alas, ojos ni madera. Su arquitectura es microscópica y dispersa: células separadas por granos minerales, comunidades adheridas a una fractura, películas vivientes de unas pocas micras y organismos suspendidos en aguas encerradas dentro de la corteza. La biosfera terráquea profunda no es un bosque compacto oculto bajo otro bosque. Se parece más a un archipiélago de innumerables refugios, comunicados lentamente por el agua, las fracturas y los procesos geológicos. En Elysara, esa infrabiosfera parece constituir la parte principal del ciclo de la vida. Allí, los eonófilos dominan un ecosistema sin estaciones, organizado en estratos y sometido a ritmos geológicos. En todo caso, no creo que los garvones ni los mosquetones representen un peligro real para la SarTrek.

Se hizo un silencio.

—TRAK-TRAK-TRAK-TRAK.

—¿Y qué prueba tiene de ello, doctor Manku? —preguntó Timi.

Manku lo miró directamente.

—La SarTrek emite una combinación extraordinaria de señales metálicas, químicas, térmicas y electromagnéticas. Para los garvones debe de parecer una concentración mineral imposible de ignorar. Pero esa no es toda la explicación. Mi teoría es que hemos estacionado la SarTrek exactamente sobre una fisura de intercambio entre la superficie y la infrabiosfera. Por ella, los garvones ascienden para buscar minerales y regresan después a las galerías. Ahora encuentran la ruta bloqueada por el casco y chocan contra él cuando intentan orientarse hacia la entrada.

—¿Y los mosquetones? —preguntó Svento.

—Creo que mantienen abiertas esas vías de comunicación. Sus trompas y exoesqueletos remueven sedimentos, apartan restos y reparan los bordes de las fisuras. Acuden atraídos por la misma alteración y golpean las bases de la nave porque están intentando recuperar una puerta ecológica que nosotros hemos obstruido.

Timi frunció el ceño.

—Pero hicieron lo mismo durante nuestra estancia anterior.

—Sí, es cierto —respondió Manku—. Pero no debemos olvidar que nos hemos posado exactamente en el mismo punto que entonces, por prudencia y para evitar nuevas sorpresas. Repetimos el lugar de aterrizaje y, sin saberlo, repetimos también el fenómeno.

Durante unos segundos nadie dijo nada. Después se oyó un resoplido general, casi unánime. Ahora parecía evidente. ¿Cómo no se les había ocurrido antes?

Pero lo evidente suele adquirir una forma sencilla solo después de que algún Manku de la vida lo ha extraído, con paciencia, de debajo de la tierra.

—Muchas gracias, doctor Manku. Queda cerrada la sesión —dijo Timi con una prisa que no consiguió ocultar del todo su incomodidad.

El agradecimiento no era meramente protocolario.

Era sincero.

******


Aquella noche, los golpes continuaron.

—TRAK-TRAK-TRAK-TRAK… TRAKKKK… SBROUMM…

—TRAK-TRAK-TRAK-TRAK… TRAKKKK… BROOOOOUUMMM…

Pero ya no sonaban exactamente igual.

Quizá la mente, cuando comprende un poco, teme menos. Quizá el saber vence al estrés. O quizá el hombre puede ser medicina del hombre.

Marstok permaneció mirando el panel de la nave. WeiZang estaba sentado a su lado, en silencio.

—No han venido a matarnos —dijo Marstok.

—No.

—Solo quieren algo.

—Como todos.

Marstok sonrió sin alegría.

Los garvones no eran el único problema. Todavía le quedaban diez perfosaltos: tres minutos de caída imposible, girando como una peonza comprimida, convencido de que iba a morir sepultado en un abismo. Después tendría que salir del perfosalto y volver a encontrarse con el rostro sonriente de quien consideraba responsable de la muerte de sus mejores amigos, o estar meses y meses sumergido por la ansiedad de cuál sería la siguiente acción maquiavélica de los nepok, o del universo extraño en aquellas lejanísimas coordenadas cosmológicas, tan lejos de la Tierra, en el espacio ignoto; y, mientras tanto, los garvones continuarían todavía algunos días golpeando el casco con un sonido demasiado parecido al de los seres que habían poblado sus pesadillas infantiles.

Ese era el verdadero paisaje de su vida desde que había caído en la trampa de la expedición al Planeta X.

Ya eran pocas las cosas que lo unían a la Tierra o al deseo de regresar a ella.

Le quedaba WeiZang.

WeiZang, literal hasta la desesperación, torpe para consolarlo, incapaz de adivinar cuándo necesitaba una explicación y cuándo habría necesitado simplemente un abrazo. Pero estaba allí.

—No representan ningún peligro —aseguró WeiZang, con la solemnidad de un lechuguino patoso que quiere ayudar, ofreciendo un dato porque no sabe ofrecer otra cosa.

—TRAK-TRAK-TRAK-TRAK… TRAKKKK…

—Te lo aseguro.

Marstok lo miró con resignación. De pronto comprendió que WeiZang — con su rostro de listo tonto pobre inútil al que tuviera que soportar en todo este periplo —, tenía algo de entrañable, peculiar e irrepetible, épico, que valía la pena. Además, entre tantas tribulaciones se había convertido en su mejor amigo.

Y poniendo cara de alegre resignación, como si ya todo estuviera bien, le preguntó:

—¿Cuándo es el siguiente perfosalto? 

—TRAK-TRAK-TRAK-TRAK… TRAKKKK… SBROUMMMMMM…

Navegación del Libro

Aparato multimedia del capítulo

Pronto añadiremos más contenido a la novela multimedia Timi El Viajero En Busca del Planeta X

Audio narrado

Espacio

Imagen o galería

Espacio

Mapas, gráficos o materiales visuales

Espacio

Vídeo futuro

Espacio