Libro Dos · Capítulo 15

Kluuzkar, Pindolia y ANTIA 480

Capítulo Décimoquinto de Timi El Viajero en En Busca del Planeta X.

Si toda la costa de todos los mares, lagos y ríos navegables de la Tierra fuera sumada un día, quizá su longitud total alcanzara los dos millones de kilómetros. Pero entonces ocurriría que, desde un único punto de uno de esos kilómetros, no se vería más mar ni más agua que una pequeña porción, aún inmensa a la vista, de la totalidad del paisaje marítimo-terrestre del planeta.

Asimismo, si un día considerásemos el firmamento visto desde la Tierra, compuesto por el espacio de las estrellas de la Vía Láctea que nuestros ojos alcanzan a ver en la bóveda celeste de las noches despejadas, desde cualquiera de esos millones de kilómetros de costa terráquea, nos daríamos cuenta de que todo ello apenas es nada ante las Costas Celestes de los diez mil millones de años luz repletos de galaxias y supercúmulos del universo conocido.

Pero Jazmine ya no pensaba en el laberinto universal.

Jazmine y el resto de los miembros del Consejo Científico de la SarTrek se encontraban ahora ante la propuesta de ruta elaborada por la red neuronal Celestia 34: una ruta por exoplanetas aptos para la estancia y la recarga del magneto-oscilómetro, diseñada de tal manera que les ahorrara el mayor número posible de paradas en supervoids.

Los supervoids, o supervacíos cósmicos, eran enormes desiertos espaciales entre supercúmulos. La rudeza psicológica de quedar suspendidos en la nada, rodeados en todo horizonte por una densa oscuridad intergaláctica e intercumular, podía generar intensas y simultáneas agorafobias y claustrofobias colectivas. Por eso, los modernos manuales de cosmonáutica recomendaban eludirlos siempre que fuera posible.

La ruta de Celestia 34 estaba elegantemente trazada.

Atravesarían la Gran Muralla de Hércules-Corona Boreal. Después intentarían eludir, en la medida de lo posible, el supervacío de Boötes, un desierto de galaxias de trescientos millones de años luz de radio. Aprovechando los filamentos galácticos entre murallas, pondrían rumbo a la Gran Muralla de Boötes; de ahí, a la Gran Muralla de Sloan. Desde allí avanzarían, en un par de perfosaltos, hacia el supercúmulo Horologium-Reticulum, ya aproximándose al destino. Después se lanzarían hacia la Concentración de Shapley y, finalmente, llegarían a Laniakea, el supercúmulo de galaxias en el que se hallan la Vía Láctea y el Sistema Solar.

Pero tendrían que aterrizar al menos en seis exoplanetas.

Harían, por tanto, las mínimas estancias posibles de recarga en voids intercumulares. La política cosmonáutica de la SarTrek sería algo oportunista, pero efectiva: aterrizar en los rincones más interesantes que revelaran los sondajes del Muro de Hércules y del resto de supercúmulos presentes en la travesía por la Red Cósmica rumbo a la Tierra.

Según la sonda de Reimer, la mejor del mercado, que además de explorar el horizonte catalogaba cincuenta y siete millones de exoplanetas habitables y doscientos treinta y ocho millones de planetas de posible interés, el exoplaneta más adecuado para el primer perfosalto de la hoja de ruta de la SarTrek era Kluuzkar.

Kluuzkar no era cualquier planeta.

Giraba alrededor de una estrella enana roja. Realizaba su órbita en la zona habitable del Sol Verdiano XK-87, en estado de bloqueo mareal, resultado de las fuerzas gravitacionales de marea ejercidas por su estrella. Por eso, Kluuzkar siempre presentaba la misma cara al Sol Verdiano y no giraba libremente sobre sí mismo.

Como consecuencia, la mitad del planeta permanecía continuamente abrasada por el Sol Verdiano, mientras la otra mitad estaba sumida en una noche eterna.

Sin embargo, precisamente por ese bloqueo mareal, Kluuzkar tenía una zona crepuscular-matinal permanente, siempre en amanecer y siempre en anochecer: una línea del terminador estacionaria por la que se expandían ecosistemas telexóticos con un pronóstico máximo de rareza en la escala de Marbian.

La región del terminador estacionario de Kluuzkar se desplegaba en una banda de unos ciento cincuenta kilómetros de ancho a lo largo de unos treinta y ocho mil kilómetros. Su ecosistema de amanecer-crepúsculo permanente abarcaba alrededor de seis millones de kilómetros cuadrados, donde era esperable encontrar vida basada en el carbono, probablemente muy desarrollada por la larga duración de su estrella.

Ante la prometedora perspectiva de un mundo tan especial, todo el Consejo Científico aprobó ese exoplaneta como objetivo del primer perfosalto.

Ese era su primer destino.

Unas horas más tarde, toda la tripulación y el pasaje se aprestaron en sus camarotes para dar el salto a Kluuzkar. Kovaloswky, Gomes y Jazmine dirigieron la operación.

Kluuzkar tenía irregularidades gravitacionales. En su superficie se experimentaban cambios de peso en los organismos y la materia. Fuertes vientos frecuentes y cíclicos recorrían la zona viva de la línea del terminador, contribuyendo a elevar objetos y organismos. Se creía, además, que algún tipo de alteración electromagnética potenciaba la flotabilidad de la fauna y la flora kluuzkariana.

Pero cuando la tripulación hizo pie en Kluuzkar después de un violento perfosalto y salió a sus prados a contemplar aquel paisaje, quedó maravillada.

Las piedrihojas hacían remolinos multicolores sobre sus cabezas, llenando de vida el firmamento misteriosamente electrizado de colores y tonos que se encendían y apagaban al azar. Los gigantescos árboles tree-ctónicos, de cientos de metros de altura y troncos de docenas de metros de grosor, parecían bailar con los torbellinos arcoíris de las piedrihojas.

Abajo, extraños insectos reidores pululaban bajo ellas, atentos a la caída de alguna pieza vegetal o mineral.

En aquella sinfonía, a un lado se veía un horizonte blanco ceniza, que recordaba algo a los desiertos calcinados de Marte. Al otro lado, una noche azulada se levantaba hacia el pecho cósmico del Muro de Hércules, con un manto de estrellas densamente bordado, inimaginable en la Tierra.

El Tonto del Fuego, Bimae, gritaba desbordante de entusiasmo hacia todos lados:

—Sí, sí, sí. Esto sí que es un superplaneta. ¡Muchachos, cojamos esas piedrihojas para llevarlas a la Tierra!

Y todos se lanzaron en todas direcciones, arrastrados por una euforia sideral de cosmonautas maravillados en el borde de un mundo imposible. Era como si hubieran abierto enormes cofres de tesoros y las joyas se desbordaran en una lluvia irreal. Corrían de un lado a otro, recogiendo unas piezas para soltarlas un segundo después y coger otras más grandes, más raras o más bellas.

Sobre sus cabezas, a diez kilómetros de altura, los vientos de la zona sempernocturna y de la zona semperdiurna chocaban con fuerza. Los cambios de densidad estacional levantaban prados enteros de piedrihojas y casi también, unidos a la tormenta gravitatoria, a los propios cosmonautas de la SarTrek.

Mientras tanto, dentro de la nave, el Consejo Científico trabajaba con Timi y Heriberto en el siguiente perfosalto.

Esta vez sería hacia Pindolia, un exoplaneta que el sondaje mostraba como muy parecido a la Tierra, pero mucho más montañoso.

Hacia allí arrancaron, con un botín de docenas de piedrihojas, el 30 de octubre del Año del Señor de 2044.


Pindolia era un mundo repleto de montañas en el que solo planeaban permanecer dos semanas, recargando la batería del magneto-oscilómetro antes de dar el siguiente perfosalto.

Los picos nevados, con hielos agudos y nieves eternas dispersas en lienzos de roca vertical, los rodeaban por todos lados. La SarTrek reposaba en un pedregal, cerca de un pequeño lago de agua cristalina. Constantes ventarrones los azotaban, y los rayos de la estrella azul Vanta-ER200, a la que orbitaba el planeta, picaban sobre la piel y los trajes.

Pindolia era un planeta mucho más aburrido que la Tierra, el Planeta X o Kluuzkar. Con sus montañas y su frío permanente, no invitaba a otra cosa que a hacer guardia, contemplar amaneceres y anocheceres, y observar a su estrella azul y a su estrella roja salir y ocultarse casi abrazadas.

Allí estuvieron dos semanas.

El siguiente salto, que ya rozaba el centro del Muro de Hércules, se realizó hacia un supervacío. Un pequeño void intracumular en el que permanecieron hibernados todos, salvo una reducida guardia compuesta por Gomes, Heriberto, Timi y Jazmine.

Durante diez días recargaron el magneto-oscilómetro en aquel vasto silencio abrumadoramente oscuro.

El siguiente perfosalto debía aproximarlos hacia el borde externo del Muro de Hércules, en dirección a Laniakea.

El objetivo era ANTIA 480.


En general, la convivencia no era mala en la SarTrek durante aquellos primeros perfosaltos.

Winckley se apoyaba en Denoguera, Svento y Ramírez, muy centrados en agradarle para ser recompensados a su vuelta a la Tierra. También tenía una buena amistad con Estebaldo, la Iguana, a quien ayudaba a reponerse de su accidente en el Planeta X.

La medida tomada por Timi de colocar en distintos pisos de la nave a Marstok y WeiZang, por un lado, y a Winckley, por otro, funcionó razonablemente bien. Solo quedó como foco de preocupación la constante reyerta de Bimae, Elro Filana y Zanos, que insistían en protagonizar alharacas en la sala de vistas, convertida por ellos en territorio propio para jugar a las cartas y montar un par de broncas diarias.

Aquella situación corría a favor de Ratita, que era particularmente pesada y desagradable con todos siempre que podía, pero que, comparada con ellos, pasaba como un flagelo menor y más llevadero.

Timi hablaba con unos y otros, pero no le hacían caso. En realidad, no hacían caso a nadie, ni lo harían nunca. Eran así.

Por ello, y no por autoritarismo, el Comité de Control decidió prohibir la entrada conjunta de Bimae, Elro Filana y Zanos a la sala de vistas, y dar un aviso de multa salarial a Weindin si seguían acumulándose las quejas contra ella.

La gente se metía en sus burbujas personales de forma demasiado inmersiva, es cierto, pero también se buscaba y quería convivir. No estaba bien que las rencillas de aquellos amiguísimos malcarados, o las respuestas amargas de Weindin, impidieran al resto disfrutar de la nave.

Pero ahora todos dormían hibernados.

Solo las siluetas de Gomes, Heriberto, Timi y Jazmine caminaban por los pasillos, terminando la espera de recarga de la batería del magneto-oscilómetro.

A veces el mundo físico se funde con el espiritual, y ambos se desvanecen en una desnudez del ser. Por muchos abrigos que se pusieran, sentirse varados en el vacío, a millones de años luz de la más magra materia, con quizá alguna galaxia a modo de oasis perdido en el desierto de oscuridad, los envolvía con un frío trascendental.

Ahora los hibernados les daban envidia, envueltos en sueños, ajenos al desierto de oscuridad, sin frío trascendental.

Finalmente, después de diez días de aquella extraña guardia, la batería del magneto-oscilómetro terminó su recarga y los centinelas despertaron a todos para asistir al aterrizaje en ANTIA 480.

ANTIA 480 era un planeta templado, con 1,1 veces la masa de la Tierra y situado algo más lejos de su estrella anfitriona, LurT-FF97. Su gravedad era, por tanto, un poco mayor que la terrestre.

Allí algunos preguntaron por la posibilidad de continuar la hibernación, pero se consideró innecesario. Se aconsejó que quienes no quisieran salir al exterior permanecieran simplemente en sus burbujas vitales.

Por supuesto, la mayoría salió.

Durante varios días hicieron paseos exploratorios para conocer los interesantes ecosistemas del exoplaneta. Fueron descubriendo ríos azules, rocas naranjas porosas, algas brotando en madejas desde sifones subterráneos y plantillos dactiloadhesivos, parecidos a ardillas, empeñados en hollar la SarTrek.

Tras uno de esos paseos exploratorios cundió la alarma: alguien reportó haber visto una especie de poblado perteneciente a algún tipo de vida inteligente presente en aquel planeta.

Timi convocó rápidamente al Consejo Científico, que decretó la salida inmediata para evitar encuentros no organizados ni planificados con alienígenas.

La maniobra se hizo con premura, pero se vieron obligados a reducir la distancia del siguiente perfosalto.

La salida de ANTIA 480 fue realmente atropellada. Terminaron presentándose en Raquia, un planeta que había sido descartado de la hoja de ruta: un mundo básicamente de roca desnuda, con apenas bacterias y algunos hongos, aunque con oxígeno respirable.

Su valor paisajístico, sin embargo, fue muy apreciado por todos.

Así que hubieron de permanecer en Raquia con sus rutinas normales, aunque bastante preocupados por el incidente de ANTIA 480, hasta que se recargó de nuevo el magneto-oscilómetro.

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