Libro Uno · Capítulo 13
Difícil retorno a la Tierra por los océanos cósmicos
Decimotercer Capítulo de Timi El Viajero en En Busca del Planeta X.
En la sala de vistas de la nave, el hológrafo mostraba, en el centro de su imagen principal, la efigie del Planeta X: abajo, esplendoroso, rotundo, desplegado en tres dimensiones.
Producía cierto alivio a los holoespectadores que acababan de escapar de sus monstruos feroces e inteligentes. Pero los problemas de los expedicionarios supervivientes de Winckley y de la tripulación de la SarTrek no habían hecho más que empezar.
En una subvista se observaba la nave, con su estela alejándose del Planeta X, elegantemente lanzada hacia la libertad. Pero la imagen que llamaba la atención de todos los circunstantes era la situada a la derecha de estas dos.
En ella, bajo un rótulo escrito en amarillo refulgente que decía “Gran Muralla de Hércules-Corona Boreal”, se veía de frente una playa de arena cuyos granos eran, cada uno, una galaxia. Una galaxia de quién sabe si cincuenta mil, cien mil o trescientos mil millones de soles.
Un poco más abajo, la información científica completaba la atmósfera de incredulidad colectiva ante lo insólito de la naturaleza que se estaba formando en aquella sala:
306,601 millones de pársecs de grosor.
Winckley, presente en la sala aunque demasiado aturdido para seguir con atención la presentación holográfica, se quitó una onirina que llevaba pegada en la bota, mientras miraba con despreocupación las vistas del hológrafo.
Timi lo vigilaba dos escalones más arriba. Vio entonces que WeiZang estaba maniobrando para acercarse otra vez a Winckley de forma peligrosa. Comprendiendo lo que iba a ocurrir, Timi se adelantó, se interpuso entre los dos y proclamó hacia todos, con Bimae y Zanos flanqueándolo:
—En la nave SarTrek solo pueden portar armas las personas autorizadas. Entrega las armas láser que portas, Winckley. Y ustedes, WeiZang y Marstok, entreguen también sus láseres.
Timi, Bimae y Zanos estaban a su vez cubiertos por Heriberto, el Guardián de la Capital, a quien acompañaban Elro y los hijos del doctor Moreau.
Midiendo la situación, los tres aludidos optaron por la prudencia y fueron entregando las armas a Heriberto. El primero en hacerlo fue Winckley.
Después, mientras Heriberto se retiraba a poner bajo custodia los bastones láser recién requisados, Elro miró a Timi y al hológrafo. Señalando con un guiño el hermoso muro algodonado de nebulosas que mostraba ahora la vista principal, preguntó:
—¿Dónde estamos?
Timi respondió mecánicamente:
—En el Muro de Hércules. ¿No es cierto, Kovaloswky?
Kovaloswky enrojeció.
—La especialista de campo aquí es Jazmine. ¿Dónde estamos? Dígaselo usted, Jazmine.
Jazmine miró la holografía y devolvió la pregunta a Kovaloswky:
—¿Es la Gran Muralla de Hércules?
—Sí, vista desde el lado opuesto a la Tierra —respondió Kovaloswky, con el rostro rojo, casi a punto de explotar—. Ya les avisamos de que veníamos lejos.
—Esto no es lejos, Kovaloswky. Esto es el confín más alejado del universo conocido. La antípoda de Laniakea en la Red Cósmica. A más de diez mil millones de años luz de la Tierra.
—Así es.
—Nadie de nuestra generación había viajado tan lejos.
—Es cierto.
Winckley, atrás, miraba el hológrafo como ausente, con la onirina de su zapato en la mano, y deliraba:
—¡Ponce de León! ¡Bartolomé Dias! ¡Colón! ¡Vasco de Gama! ¡Magallanes! ¡Magallanes! ¡Ingratos! ¿De quién es todo este material? Como en el motín de San Julián, me veo abandonado por los ingratos. ¡Yo, pobre de mí!
—Despierta, Winckley. Ya estamos de regreso a casa.
Winckley volvió de golpe a su realidad inmediata. Miró perplejo la cara de Svento, su rostro redondo y moreno colocado ante él, como si el leal Elcano, en la bahía de San Julián, acudiera a salvar a su heroico comandante.
—¿Cuánto de lejos?
—Diez mil quinientos millones de años luz de distancia. Aproximadamente tres mil doscientos veinte millones de pársecs.
—¿Cómo dice?
Jazmine, la Científica-Política, señalando en el hológrafo la figura masiva de la Gran Muralla de Hércules-Corona Boreal, cual extensa playa de soledad inmensa tendida ante un océano, comenzó a hablar de una materia que conocía bien desde sus tiempos de estudio en el Observatorio de Neutrinos Cubo de Hielo Generación 3, en la Antártida. Allí había investigado, junto a cientos de científicos, los neutrinos y distintos aspectos del universo profundo.
—István Horváth —explicó Jazmine al grupo con aire grave—, un astrofísico húngaro de la Universidad Estatal de Budapest, descubrió con su equipo la Gran Muralla de Hércules-Corona Boreal en 2013, hace ya treinta años.
Hizo una pausa y continuó:
—Se trata de una de las mayores estructuras conocidas del universo observable, con una longitud aproximada de diez mil millones de años luz. Horváth y su equipo consiguieron identificarla analizando brotes de rayos gamma, eventos extremadamente energéticos que indican la presencia de regiones con alta densidad de materia y formación estelar. Tras detectar una concentración inusual de estos brotes, concluyeron la existencia de esta superestructura cósmica.
Jazmine seguía señalando la concentración supercumular que aparecía en el hológrafo.
—Yo estuve en la Antártida, en el Cubo de Hiélo Gen 4, captando rayos gamma en 2029. Allí hicimos un mapeo exhaustivo del universo observable. Nosotros creíamos que podían existir otras formaciones similares, incluso más grandes que la que vemos aquí.
La sala permanecía en silencio.
—En realidad —prosiguió Jazmine—, nos encontramos en el Horizonte Cósmico. Y es posible que, al otro lado de la Gran Muralla de Hércules, estemos ante una región con menor densidad de materia.
Se volvió hacia la máquina.
—Hológrafo, gira los sensores ciento ochenta grados.
En respuesta a la orden de Jazmine, la vista principal del hológrafo cambió.
Ahora apenas había algunos pobres filamentos de luz.
El contraste sorprendió a todos.
—Casi no hay nada.
—Podría ser un vacío supermasivo —dijo Jazmine—, un supervacío ulterior a la Gran Muralla de Hércules-Corona Boreal. Tras él quizá se encuentre un barranco dimensional. O la nada. O una frontera del multiverso. No lo sabemos.
—Nosotros no vamos hacia allí —dijo Timi—. Regresamos a la Tierra. ¿Cuándo damos el salto, Kovaloswky?
Kovaloswky esperaba aquella pregunta con temor desde hacía rato. Hundido en su sempiterna cara de sufrimiento, logró responder con una voz débil, algo angustiada:
—Ahora tendremos consejo científico. Examinaremos las posibilidades y, después de nuestro informe al capitán, tendrán la información completa disponible.
—Procedan —sentenció Timi.
Kovaloswky, Jazmine, Gomes, el doctor Moreau, Timi, en calidad de capitán, y WeiZang fueron llegando al centro de control de la SarTrek. El consejo se inició cuando llegó este último, ya que Campos, postrado en la enfermería junto a Estebaldo y cuidado por Marstok, no estaba en condiciones de ayudar.
Una vez todos ocuparon sus puestos, Kovaloswky inició su largamente preparado discurso informativo y, en cierto modo, justificatorio.
—Se preguntarán ustedes qué es exactamente la SarTrek. La SarTrek era nuestro reaseguro para el caso de que Winckley intentara monopolizar la tecnología de la perforación cuántica mediante el Vermitrón. Les engañé diciéndoles que era una réplica de pruebas, un prototipo, pero en realidad incluí elementos estructurales de perforación cuántica y oscilometría náutica que fui ocultando para que no sospecharan de mi maniobra. No podía arriesgarme a que informaran a Winckley.
Kovaloswky se detuvo un instante, como disculpándose.
—La diferencia entre la SarTrek y el Vermitrón —prosiguió— es que esta nave no establece túneles estables, con rutas abiertas y fijas en el tejido cuántico, sino que avanza a saltos de mediana y corta distancia, con un alcance de apenas unos cientos de millones de pársecs.
—Ya lo sospechaba desde que vi esos motores antigravitatorios sin sentido —dijo WeiZang.
—El problema que tenemos ahora es la energía disponible.
Gomes tomó la palabra:
—Si los cálculos de Kovaloswky son acertados, tenemos un problema. No podremos utilizar el Vermitrón portátil. De hecho, nos hemos arriesgado a una explosión empleando el magneto-oscilómetro en la superficie del Planeta X, sin ajustes finos, durante el despegue urgente. Pero no había otro remedio. O lo hacíamos, o nos aplastaban esos seres agresivos. Afortunadamente, ahora sí hay alternativa.
—¿En qué caso? —preguntó WeiZang.
—El Vermitrón portátil fue gravemente dañado por los zarandeos y golpes del Aullador —respondió Gomes—. Crear ciertos instrumentos de precisión necesarios para repararlo nos obligaría a buscar un planeta adecuado, obtener determinados suministros y abordar arduos trabajos que nos llevarían mucho tiempo. Podríamos demorarnos varios años. En cambio, si damos saltos entre exoplanetas de avituallamiento que vayamos identificando en nuestra ruta a la Tierra, un primer cálculo permite pensar en un año de viaje, a través de unos quince saltos-perforaciones. El problema es que esta vasta estructura de la Gran Muralla de Hércules no la conocemos bien. Tendremos que hacer nosotros mismos los mapas de exoplanetas según vayamos avanzando.
—Será una lotería encontrar los exoplanetas adecuados —informó Jazmine—. Incluso con las redes neuronales de que dispongo, tenemos que asumir la posibilidad de fallos que nos obliguen a aumentar las escalas estimadas. Quizá hasta diecisiete saltos.
—Además —completó Gomes—, el problema de la energía también se produce en la carga del magneto-oscilómetro de la SarTrek. Las escalas deberán incluir estancias obligadas de duración variable, quién sabe si de una, dos o tres semanas cada una, según las condiciones locales. La autocarga necesita tiempo. Puede hacerse incluso en espacio abierto, pero no es eludible. En todo caso, también harán falta avituallamientos. Tendremos que pisar exoplanetas como mínimo trece veces para recargar el almacén…
Poco o nada se podía añadir.
Se hizo un silencio denso en la sala de control. El silencio pareció extenderse a toda la nave.
Pero abajo, en la sala de vistas, la Gran Muralla de Hércules-Corona Boreal, replicada por el hológrafo en toda su vastedad, rompía ese silencio con su callado significado de desafío colosal.
Y fuera, allá enfrente, al otro lado del canal límite por el que ahora flotaban antes de zambullirse en el interior de aquella superestructura cósmica, se dibujaba como una sensación de frío la fuente real de su representación: la Gran Muralla de Hércules-Corona Boreal en sí misma.
Pronto iban a conocer sus incomprensibles distancias.
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