Libro Uno · Capítulo 4

Winckley invade el Planeta X

Cuarto capítulo de Timi El Viajero en En Busca del Planeta X.

Fue mareante, sí.

Tan solo duró treinta o cuarenta segundos, pero pareció como si sus cuerpos hubieran sido batidos en una moledora gigante, flotando hacia todos lados como pedazos de fruta, con las caras pegadas unas veces al brazo del molino, otras a la pared del recipiente.

Luego sintieron que algo los escupía, como el eructo de un elefante enfermo, hacia cualquier parte. Se estrellaron contra rocas, contra manos, contra pies, contra el fondo de una mochila o contra el asidero del Vermitrón portátil.

—¡Ay, ay, ay, mi ojo!

El guardaespaldas Campos había perdido un ojo, pero nadie podía ayudarle todavía, porque todos se lamentaban, esparcidos entre una maleza pegajosa de color verde profundo y rosa oscuro.

El ambiente era tétrico, húmedo y caluroso. Los árboles parecían irreales, aunque estaban palmariamente allí. La expedición de Winckley había logrado realizar el primer viaje intergaláctico de la historia de la humanidad.

Los galactonautas, sin embargo, no parecían más que una docena de desgraciados reptando doloridos sobre un barro maloliente.

—¡Ayuden a ese hombre! —ordenó Winckley.

Y luego, pavoneándose, fanfarroneó:

—Así que esto es el Planeta X. Exactamente igual que lo imaginaba. ¡Rápido, Gomes! Saque los instrumentos de medición de mineralogía exoplanetaria y compruebe las mezclas químicas. Veamos si coinciden con lo que pronosticó Kovaloswky.

—Al momento —respondió Gomes.

Mientras los demás intentaban incorporarse, Gomes dispuso el artefacto ligero integrado de espectrometría de fluorescencia de rayos X y de masas con plasma acoplado inductivamente, diseñado por su jefe Kovaloswky.

Quién más, quién menos, todos habían recibido un batacazo: un cardenal, una magulladura, una herida o… incluso la pérdida de un ojo. Todos excepto Winckley, que campeaba triunfal en aquella especie de campamento de heridos mientras escuchaba los resultados que Gomes narraba con indiferencia mecánica:

—Neodimio, diez mil partes por millón. Disprosio, quinientas ppm. Erbio, mil doscientas ppm. Itrio, cinco mil ppm. Europio, ciento cincuenta ppm. Pero lo más importante… las concentraciones son bioseguras.

Winckley casi se desmayó al oír los resultados.

—¡Acabamos de encontrar la mina más rentable de toda la Red Cósmica!

Hubo un silencio profundo en la expedición, que en ese momento no era más que un grupo de dolientes humanos dispersos en un prado exoterrestre, medio aturdidos ante la noticia de su triunfo.

—Os lo dije. Os haré a todos millonarios una vez completemos el muestreo. Mañana mismo estaremos en casa. ¡Amo el Planeta X, amo la Tierra y os amo a vosotros! —gritó Winckley, fuera de sí, hacia el horizonte, situado en el cenit de su carrera productiva, en la vanguardia empresarial del universo.

—¡SRGHFFFFGHHHHHHHHHIUUUUUUUUUUUUUUIUIUIUIUI

IUIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!

El suelo, la atmósfera y el mismo universo parecieron temblar ante el angustioso aullido que tronó, al parecer, muy cerca de ellos.

Todos quedaron pasmados.

Todos excepto Winckley, que solo acertó a centrar la atención en lo importante:

—Aceleren las pruebas. Preparen las tiendas de campaña. Monten guardia con las armas. Vigilen a esa mujer y atiendan al accidentado. Voy a investigar qué puede ser ese aullido.

Winckley avanzó unos doscientos metros hasta llegar a un barranco. Desde allí pudo observar una planicie selvática, verdaderamente selvática: una jungla barroca en la que divisó al monstruo que había emitido aquel desgarrador e insoportable aullido.

Medía por lo menos treinta metros y se hallaba a unos cinco kilómetros.

Winckley regresó rápidamente al campamento.

—No haremos noche aquí. Cojan las muestras y que Gomes prepare la operación de salida con el Vermitrón portátil cuanto antes —informó a los expedicionarios.

—Pero…

—No hay peros que valgan. Proceda, Gomes.

Gomes incorporó la sonda de reflejo cuántico del agujero de gusano recién perforado, a la que llamaban el Vermitrón portátil. Pronto todos se colocaron en orden de salto intergaláctico y Gomes se dispuso a presionar la palanca de regreso.

—¿Tiene las muestras?

—Sí.

—Rápido, sáquenos de aquí, Gomes.

Gomes bajó la palanca.

No ocurrió nada.

—¿Qué ocurre?

—No lo sé. No parece estar funcionando.

—Eso ya lo veo.

—Podría tratarse de algún problema inesperado. O quizá algo se ha roto durante el galactonizaje.

—Inténtelo de nuevo.

—Nada.

—¡ARRRRRRRRHHHJGGGGGGGGGKJHHHJJJGGGGFIIUIUUIIIIIIIIIIIIIII!

Winckley intentó mantener la calma mientras daba una nueva secuencia de órdenes:

—Vayan a dormir. El regreso queda pospuesto para mañana. Los guardias, tomen el armamento y hagan guardia ante esa pequeña loma. Usted, Gomes, venga conmigo para evaluar la situación. Y que nadie se preocupe. Todo está bajo control y dentro de los riesgos que evaluamos en nuestros planes. Hasta mañana. Que ustedes duerman bien.

—¡GRKFRRRRRRRRROOOOOOOOOOOOOOOIOAGGGFIIUIUUIIIIIIIIIIIIIII!


A cien millones de años luz de distancia, Kovaloswky y Timi asomaban sus rostros en la gruta de la Cala Mariner, donde se hallaba estacionada y relumbrante la nave SarTrek, obra maestra del genio científico Kovaloswky y de su equipo, que siempre creyó estar trabajando ante una simple réplica auxiliar del Vermitrón.

—El hecho de que se parezca exteriormente al Vermitrón se debe a que necesitaba engañar a mi equipo —le explicó Kovaloswky a Timi—. No tenía alternativa si quería evitar que Winckley se hiciera con el control completo de esta tecnología tan crucial para la humanidad.

—¿Cuántos tripulantes necesita esta nave?

—En principio, el mínimo operativo es de catorce, pero puede albergar hasta treinta pasajeros.

—Solo somos dos.

—Ya lo sé. Pero eso no es lo que más me preocupa. Según mis cálculos, la expedición de Winckley al Planeta X debería estar de regreso esta misma tarde. Es decir, poco más o menos, debería estar a punto de llegar.

—Si llegan y nos sorprenden aquí, nos capturarán.

—Sí. Pero ¿y si no llegan…?

El rostro de Kovaloswky estaba congestionado.

—¿Y si no llegan qué? ¿Qué quiere decir con eso, señor Kovaloswky?

—O habrán muerto, o habrán quedado atrapados para siempre en el Planeta X.

—Espeluznante.

—Podemos subir a esa roca y vigilar —propuso Timi—. Cuando lleguen, nos retiramos discretamente sin ser vistos.

—Si no vuelven antes de las tres, aquí ha pasado algo. La sonda de posición cuántica no habrá fijado bien el agujero de gusano, o habrá sufrido algún desperfecto. Gomes es bastante eficiente, pero no creo que tenga capacidad para resolver una avería mayor.

—¿Habría posibilidad de rescatarlos con la SarTrek?

—Sí. Pero quienes fueran al Planeta X no volverían en dos años. ¿Estaría usted dispuesto a ir allí?

—Si es por la vida de Paladia, sí.

Timi miró al suelo, preocupado, muy preocupado por sus propias últimas palabras.

Pero no había otra decisión.

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