Libro Uno · Capítulo 5

La épica tripulación de la gloriosa nave SarTrek

Quinto capítulo de Timi El Viajero en En Busca del Planeta X.

Encaramados en las rocas, desde un punto en el que podían ver la sala de traslados y otear el puesto del Vermitrón, Kovaloswky y Timi fueron dejando pasar la tarde.

A las seis se suponía que los expedicionarios de Winckley ya debían de haber regresado hacía varias horas, pero la sala de traslados seguía tristemente vacía, lúgubremente vacía, como si una capa de espera se hubiera quedado atornillada sobre ella.

Tras mucho mirarla nerviosamente, aquella sala empezó a adquirir para ellos una especie de color medio amarillento y gris, ligero y semitransparente, que parecía querer hablar y decir:

No volverán.

Escuchando en sus ojos aquel “no volverán”, en un eco sin final, pasaron otras tres horas. Cuando ya caía la noche, comprobaron que ninguno de los expedicionarios de Winckley regresaba. Evaluaron la situación y quedaron en volver al día siguiente.

Y al día siguiente, otra vez encaramados en la roca, permanecieron vigilantes sin ver absolutamente nada ni a nadie salir de aquel rotundo “no volverán”, que era ahora la vista misma de la sala de traslados del Vermitrón desde las rocas de acceso norte de la Cala Mariner.

Y solo viento.

Ningún movimiento humano ni animal en la Cala Mariner.

¿Dónde estaban las gaviotas?

Toda la estación y todas las instalaciones del proyecto Vermitrón estaban vacías.

Esto mismo se repitió al día siguiente y al día siguiente. El viernes por la mañana, tanto Kovaloswky como Timi llegaron a la conclusión de que los expedicionarios de Winckley, o bien habían muerto, o bien no podían regresar.

Convencido de ello, Timi dijo:

—No podemos dejarles sin ayuda. Tendremos que hacer una operación de rescate.

Kovaloswky contestó:

—No podemos informar todavía al mundo sobre la existencia de esta tecnología. Sería una gran catástrofe histórica. Tendremos que organizar el rescate de tal forma que cuantas menos personas se enteren, mejor. Después, la siguiente prioridad será encontrar la manera de explicar al mundo la existencia del Vermitrón, la máquina de abrir carreteras intergalácticas.

Timi se veía sobrepasado por los hechos. No había dormido bien desde el lunes y ardía en deseos de traer a Paladia de vuelta a la Tierra, así como al resto de los engañados por Winckley. De modo que no opuso ninguna objeción a la visión de Kovaloswky sobre las prioridades de la misión.

—Cogeremos la SarTrek —continuó Kovaloswky—, iremos al Planeta X, neutralizaremos a Winckley y lo traeremos detenido. Después lo entregaremos a las autoridades del continente, con discreción, y les explicaremos lo ocurrido en estos años en la Isla Brouk y la verdadera potencia del Vermitrón.

—Así lo haremos —afirmó Timi con determinación, respaldando la decisión de Kovaloswky.

—Pero tardaremos un año en volver. En el peor de los casos, puede que dos. No podemos arriesgarnos a una reparación in situ del Vermitrón portátil, y la SarTrek necesita por lo menos veinte saltos intergalácticos para regresar al supercúmulo Laniakea y a la Tierra.

Aquello ensombreció mucho a Timi. Quedó profundamente preocupado, pero ante la posibilidad de perder la vida de Paladia aceptó la propuesta de Kovaloswky.

—El problema va a ser cómo conseguir la tripulación para este viaje de vuelta —dijo el científico.

—Yo tengo un amigo al que llamamos el Guardián de la Capital. Siempre que ha podido nos ha ayudado. Aunque tengo noticias de que está muy desanimado, creo que podría ayudarnos a encontrar rápidamente una tripulación para la SarTrek.

—Tenga en cuenta que nos aprieta la urgencia.

—Mañana mismo puede estar todo en marcha. El Guardián de la Capital, en cuanto sepa que es para frenar a Winckley, se apuntará él mismo a la SarTrek.

—Sí, pero deberemos informar a los candidatos de que se trata de una navegación importante. Les haremos firmar un pliego de confidencialidad a cambio de una recompensa si el rescate tiene éxito.

—Quizá no podamos hacerlo. Ni siquiera sabemos cómo les pagaremos por un año de trabajo.

—Si hiciera falta, quemaré todos mis ahorros en este rescate —repuso Kovaloswky.

Luego hablaron de los pormenores. No era necesario que todos los tripulantes fueran extremadamente cualificados, puesto que la máquina estaba preparada para funcionar de forma automatizada. Bastaba con un capitán, un jefe científico, dos cosmonautas de gran fuerza física y temple, un cocinero, un mayordomo, tres limpiadores y mantenedores, un organizador de enlace y cuatro comodines de reserva.

En total, catorce.

La nave podía albergar además a otros dieciséis pasajeros. Contaba también con una pequeña sentina de carga y dos naves de supervivencia.

La SarTrek había sido concebida por Kovaloswky como un Vermitrón móvil de rescate, apto para viajes intergalácticos de proximidad, si es que podía llamarse proximidad a los desplazamientos dentro del supercúmulo Laniakea.

Era un verdadero cascarón de nuez intergaláctico, pero muy cosmostero. O muy marinero, si saltar entre agujeros de gusano podía compararse con poner proa a las olas.

—Muy bien, joven Timi —dijo Kovaloswky—. Vayamos donde su amigo.


El jueves 21 de septiembre del año 2034 fue un día histórico.

Timi y Kovaloswky, junto con el Guardián de la Capital, dieron aquel día un periplo memorable por los bajos fondos, el puerto y algunas de las terrazas más populares de la destartalada y oceánica Capital Libre de la Isla Brouk, con el objetivo de enrolar a la tripulación de la nueva Santa María que iba a surcar el Océano Cósmico, como otros navegantes habían surcado los grandes mares ignotos del planeta Tierra cinco siglos antes.

La Isla Brouk, después de las quiebras organizadas por Winckley, se había convertido en un crisol de viajeros, bohemios, aventureros, gente de paso, ofertantes de trabajo y todo tipo de buscavidas. Mientras tanto, los lugareños merodeaban como idos, viviendo a la sombra de los recuerdos de la célebre industria de las canteras de piedra rosácea que hizo famosa a la isla y a ellos, los broukenses.

Avisaron al tabernero Bermejo de que estaban preparando una tripulación y se instalaron en una mesa de la sala comedor con sus cuadernos. Hicieron pasar a los candidatos uno a uno.

Muchos de los que se apiñaban ante las puertas del salón comedor conocían muy bien al Guardián de la Capital.

—¡Haced cola, haced cola! Todos podréis pasar en vuestro turno —dijo el Guardián, elevando la voz.

En la cola había por lo menos diez personas. El paisaje humano que componían era abigarrado, por no decirlo de una manera menos generosa.

Y extremadamente inquietante.

—¡Que pase el primero!

—¡Soy yo, soy yo el primero!

—¡No, soy yo!

—¡No se peleen! ¡Pase el primero!

Rápidamente se adelantó uno de ellos. Era un híbrido de gorila de unos dos metros, con fuertes espaldas, muy tosco y de pocas palabras.

—¿Quién es usted? —preguntó el Guardián de la Capital.

—¡Soy Morongo! He trabajado durante años en grandes barcos y vengo de África. ¡Soy muy poderoso! ¡Contrátenme!

Kovaloswky y Timi se miraron.

Los experimentos de cruces e hibridaciones entre humanos y animales habían proliferado desde el año 2000, primero en secreto y después, cuando todo se hizo público en 2028, dejando a millones de seres híbridos sueltos por el mundo. Muchos, tras haberse terminado las investigaciones de las cuales sus vidas habían sido resultado, habían sido olvidados, abandonados al paro y a la discriminación. Sus cualidades solían ser excepcionales, aunque la mayoría de los humanos no hibridados temían convivir con ellos.

Timi y Kovaloswky no estaban para ponerse remilgosos. Era evidente que Morongo podía ser el primer cosmonauta de la SarTrek por su potente condición física.

Tras una breve consulta, asintieron los dos.

—Está usted contratado como cosmonauta adjunto de la nave —dijo Timi—. Es usted muy enérgico y muy decidido, que es justamente lo que necesitamos para sacar adelante nuestra expedición.

Le entregaron la nota de convocatoria para presentarse al día siguiente en Tobiga, con sus pertrechos, a las diez de la mañana.

Después hicieron pasar al siguiente candidato.

Se trataba de una mujer esbelta, elegante y de mirada firme.

—Planeamos una expedición interestelar —explicó Kovaloswky—. Tenemos que salir al espacio a recoger a unos tripulantes. Nuestra expedición, no queremos ocultárselo, será peligrosa y nos mantendrá un año fuera de la Tierra. ¿Está usted dispuesta a correr riesgos serios? ¿Le importa la duración del contrato?

Kovaloswky no decía nada sobre que el viaje no era al cinturón de asteroides del sistema solar, como todos creían, sino a las antípodas de Laniakea, al otro lado de la Red Cósmica.

Y aquello estaba mal.

—No me importa —respondió ella—. Estoy preparada para hacer investigaciones cosmonáuticas. Pueden verlo en mi currículum. Me entrené en la Antártida. Me llamo Jazmine Leturia Hubeisbag. Soy científica, pero también tengo formación política, humanística e informática. Estoy harta de las discriminaciones. Si necesitan una especialista en astronáutica y sociología, esa soy yo.

Timi apuntó en su cuaderno, tras el nombre de Morongo, “el Rudo”. Luego escribió el de Jazmine y añadió: “la científica-política”.

Miró a Kovaloswky con gesto de aprobación. El científico también asintió.

—¡Qué suerte tener otra científica en la expedición! —dijo Timi—. Trabajará usted codo a codo con Kovaloswky, nuestro jefe científico. Pero piénselo bien: es un año entero fuera de la Tierra. ¿Está de acuerdo?

—No me importa. Necesito empleo este año.

Y así, Jazmine, la Científica-Política, quedó enrolada.

A continuación entró una mujer claramente cyborg, aunque parecía haber pertenecido a alguna tribu urbana de los años ochenta por su elaborado tuneado tecnocorporal, algo así como una visión salida de Blade Runner. Iba llena de tatuajes, broches, circuitos integrados y un modelado cyborg de rata.

Nadie en su sano juicio hubiera contratado a una rata.

Pero aquella no era exactamente una rata. Era una ratita de metro y medio, medio humana, medio cyborg, con mirada vivísima.

—Yo soy la mejor cocinera de todo el Océano Índico. Me llaman Weindin.

Parecía una ratita. También una tecnócrata cyborg. Pero tener una cocinera era crucial.

Kovaloswky levantó el dedo afirmativo y Timi dijo:

—¿Aceptaría usted un contrato de un año?

—¡Sí! Con los ojos cerrados. Aunque prefiero dos años. ¡Ja, ja, ja!

—Está usted contratada —respondió Timi, mientras escribía en su cuaderno: “Weindin López, Ratita. Cocinera y experta en karate”.

Luego la puerta tembló.

Alguien intentaba abrirla con todas sus fuerzas.

El Guardián de la Capital se levantó.

—¡Pero, hombre de Dios! ¡Abra hacia fuera, no hacia dentro! ¿Es que no ve usted la orientación de la puerta?

Desde fuera alguien corrigió el movimiento, giró la manilla y, por fin, abrió hacia fuera.

—¡Hola! Soy Lord Bader. He oído que están ustedes contratando cosmonautas para un viaje urgente al espacio. Ténganme en cuenta. He tenido grandes luchas y tengo mucha experiencia en navegaciones de todo tipo. Incluso estuve reparando satélites artificiales. Me llamo Lord Bader.

¿Cómo podían tener tanta suerte?, pensó Timi.

De pronto le dijo:

—Usted es conocido. Algo he oído sobre usted. Estuvo precisamente en satélites artificiales, ¿verdad?

—No es extraño. Fui famoso durante una temporada, pero ahora estoy olvidado y en el paro. No me contratan por mi edad, ¿sabe?

—Para nosotros eso no es ningún problema. Necesitamos un cosmonauta serio que apoye al primer cosmonauta, Morongo. Queda usted contratado si acepta. Es un contrato de un año.

—De acuerdo. Es lo que necesito para salir adelante.

Bader fue informado de las tareas que le tocarían, entre ellas la muy delicada misión de salir a hacer reparaciones en el casco en caso de necesidad. Después se cuadró ante Timi, el Guardián de la Capital y Kovaloswky, hizo un gesto militar de despedida y se marchó.

No pasaron dos minutos cuando entraron cuatro personas juntas.

—Me llamo Moreau. Soy doctor en biotecnología. Y estos son mis tres hijos.

Las figuras de sus hijos eran monstruosas. No se trataba de híbridos modernos, estilizados y con formas corporales bien compensadas, sino de combinaciones antiguas, fallidas, torpemente logradas, que producían cierta inquietud.

—Los llaman Jabalí, Oso y Leopardo, pero son Ruy, Gorat y Manku.

La visión era sobrecogedora.

Manku, el Leopardo, era medio hombre y medio leopardo. Gorat, el Oso, era medio oso y medio hombre. Ruy, el Jabalí, era medio jabalí y medio hombre.

—Son mis hijos —dijo Moreau.

Kovaloswky, el Guardián de la Capital y Timi quedaron abrumados y confusos.

—¿Son mayores de edad? —preguntó Kovaloswky.

—Sí. Y son muy hábiles e inteligentes. Aunque no muy guapos, lo reconozco.

—¿Aceptarían ustedes un contrato de un año de trabajo?

—Sí. Es lo que estamos necesitando. La gente nos discrimina a menudo y solo porque tengo conocimientos muy avanzados vamos saliendo adelante. ¿Nos contratan?

Timi tenía sentimientos encontrados. Por un lado, aquellos seres híbridos arcaicos, inteligentes y semihumanos, le causaban inquietud. Por otro, estaba feliz, porque la tripulación empezaba a completarse.

Después de intercambiar notas y revisar acreditaciones, Moreau y sus tres hijos quedaron incorporados a la expedición.

A continuación entró un hombre con aspecto de iguana, pero de tipo fino.

—Hola. Yo soy un marinero muy experto. Se puede decir que un lobo de mar. He trabajado también en aviación y ahora llevo tres años en el paro. La crisis que ha habido en mi país en la flota me ha obligado a emigrar, y aquí estoy. No quiero presumir, pero sé veinticinco idiomas. También soy uno de los mejores escafandristas de mi país: Caltonia.

Un caltoniano. Un marinero caltoniano. Híbrido moderno, pero caltoniano.

Sí que tenían suerte.

—¿Aceptaría usted un contrato de un año? —preguntó Timi.

—Y de dos también —replicó la iguana, que se llamaba Estebaldo Moulia.

Tras él, entró un buscavidas del puerto, natural de Brouk, Pollito.

— ¿Qué hay? Me llamo Pollito. Soy broukense. ¿Necesitaís un profesor de arte, camarero, fontanero, y karateca, muy preparado para trabajos extraterraqueso? Tengo el título ECAM (Especialista en el Cinturón de Asteroides vigor).

— Si, necesitamos ese perfil. ¿Te interesaría un viaje extraterrestre de algunos meses con buena paga?

— Si.

—Queda usted contratado, señor Pollito.

Aquella tripulación se iba configurando poco a poco como una gran tripulación, con muchas capacidades: científicos, escafandristas, cosmonautas, biotecnólogos, expertos en fuerza física, en cocina, en supervivencia y hasta el mismísimo Guardián de la Capital.

¿Quién más podría sumarse a la que terminaría siendo conocida como la gloriosa tripulación de la SarTrek?

La pregunta parecía bailar en el ambiente tras la salida de Estebaldo. Pronto iba a ser respondida por los hechos, que empezaban a sustanciarse en unos sonidos de discusión procedentes del exterior.

Desde la barra de la taberna de Bermejo se oía a tres hombres peleándose. Parecían superhéroes. Aunque la moda de vestir como superhéroes se había generalizado desde el año 2030, no era tan normal ni cotidiano ver a tres juntos.

En este caso, uno parecía superhéroe del hielo, otro del fuego y otro de las piedras.

Medio peleándose por entrar el primero, los tres irrumpieron a la vez en la sala.

—Nosotros también queremos enrolarnos en su tripulación —gritaron al unísono, componiendo un grupo de héroes algo insoportables.

—Yo soy Bimae Forgos. He conseguido desenvolverme muy bien en ambientes de hielo.

—Queda usted contratado —dijo Kovaloswky—. Aunque desconocemos si va a haber hielo, nunca viene mal contar con un experto en frío cuando se viaja por entornos extremos.

—Pues aquí me tienen. Yo ya estoy contratado, merluzos —dijo Bimae a sus compañeros mientras salía del comedor habilitado como salón de contratación.

—¿Y usted quién es?

—Yo soy Elro Filana, experto en fuego y bombero profesional. Aunque ahora metan robots que apagan incendios, nunca sabrán tanto como yo. Estuve en los peores fuegos de Venezuela, Indonesia y Colombia. He apagado incendios del norte al sur en África y de este a oeste en medio mundo. Sé más de fuego que mi compañero Bimae de hielo, se lo aseguro.

—Si está dispuesto a aceptar un contrato de un año, queda usted contratado. Necesitamos a alguien que sepa muchas cosas del fuego.

—¡Ja, ja, ja! Bimae, se demuestra que eres tonto. Me debes diez dineros por apostar que no me iban a contratar —chilló Elro, bromeando, mientras salía del comedor hacia donde Bimae esperaba.

—¿Y usted quién es? —preguntaron al unísono el Guardián de la Capital y Kovaloswky al superhéroe restante.

—Yo soy uno de los más poderosos luchadores de piedras y de poder. Me llaman Zanos, pero otros me llaman Gaby. Ustedes eligen. He trabajado en cantería y también en construcción de rascacielos. Después de mi divorcio me moví en busca de trabajo, pero no he tenido mucha suerte, salvo pequeños encargos. Tengo credenciales muy buenas. También sé de vulcanología y tsunamis.

—Si acepta usted el contrato de un año, queda incorporado.

A continuación se adelantó un jovencito.

—Usted es demasiado joven para entrar aquí —dijo el Guardián—. No puede enrolarse nadie que tenga menos de dieciséis años.

—Pues usted parece más joven que yo —contestó el adolescente, señalando a Timi.

—Yo tengo dieciséis años y medio. Yo sí puedo.

—Ah, pues yo tengo dieciséis años y un día.

Está mintiendo, pensaron a la vez Kovaloswky, el Guardián de la Capital y Timi.

—Usted no tiene ni catorce años. No se haga el mayor.

—Sí. Tengo dieciséis años y un día. Miren mis papeles.

—¿Qué?

Los papeles eran falsos, pero no podían demostrarlo. Y, efectivamente, allí ponía que tenía dieciséis años y un día.

—Usted pretende engañarnos. Esos papeles son falsos.

—No, no son falsos. Son auténticos. ¿O es que ustedes están diciendo que este documento es falso?

Realmente no podían demostrarlo. Pero el niño-jovencito quería colarse de grumete con apenas catorce años. No podían admitirlo.

Entonces el aspirante les dijo con voz venenosa:

—Cuidado. Les denunciaré si no me contratan por razón de mi edad. Iré ahora mismo.

El Guardián de la Capital, Kovaloswky y Timi prorrumpieron a la vez, intentando calmar al joven.

—No, no, joven. No haga eso.

No podían permitir que aquel niño-jovencito levantara la voz de alarma.

“El Niño de las Estrellas”, escribió Timi en sus notas.

—No hemos querido decir eso —añadió Kovaloswky—. No se enfade. Si usted tiene dieciséis años, puede ser admitido. Claro que sí. Siempre y cuando sean dieciséis años recién cumplidos.

—Los tengo.

—Ah, bien. Pero tenga en cuenta que es un año entero. Quizás dos. ¿No será demasiado para usted?

—No me importa. Yo también quiero ir en su tripulación.

A regañadientes, los tres contratadores lo admitieron.

—Me llamo Yolon Pirt.

Yolon Pirt, luego conocido como el Niño de las Estrellas.

Así quedó cerrado el proceso de contratación y enrolamiento de la tripulación de la nave SarTrek.

A la mañana siguiente, todos acudieron sin falta a la Cala Mariner para cumplir su contrato.

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