Libro Uno · Capítulo 6

Perfosalto de la SarTrek al Planeta X

Capítulo Sexto de Timi El Viajero en En Busca del Planeta X.

Paladia yacía desmayada en medio del prado de osidinas.

Sus rodillas eran bellas y su rostro parecía el de una estatua clásica. Pero allí no había coronas de laurel, sino sartas de bangratias mezcladas con zolomeas de colores brumosos, tornasolados, azulados y esmeraldas.

A su alrededor, bajo las osidinas, se extendía un canchal de gránulos de taaffeíta que, contrapunteados con irregulares lascas de tanzanita, parecían una alfombra de joyas. Sin embargo, no eran más que otro de los corrientes empedrados estratíferos del Planeta X.

Habían pasado varias horas desde que Paladia lograra escapar de las garras de Winckley y desde que el monstruoso Aullador irrumpiera en el campamento, destruyéndolo todo a su paso. Aquel caos había sido su oportunidad.

Paladia no sabía exactamente cuáles eran las intenciones de Winckley hacia ella. Lo conocía lo suficiente como para temer lo peor. Sabía de sobra lo que era capaz de hacer cuando veía en riesgo sus planes, así que decidió huir.

Pero a medida que se internaba en los senderos oscuros de la floresta equisxiana, iba comprendiendo la magnitud de su decisión. Poco a poco se dibujaba ante ella el verdadero dilema: morir en la selva o entregarse a Winckley, si es que Winckley había sobrevivido al Aullador.

En el mismo instante del tiempo cuántico universal coordinado en que Paladia, medio inconsciente y medio delirante, procesaba en su mente aquella angustia, a miles de millones de años luz de distancia, el 25 de septiembre de 2034, un grupo abigarrado que parecía una horda de oro pintada a lo loco se apelotonaba en torno a las cámaras de acceso de la nave SarTrek, en la Cala Mariner.

Llevaban variados pertrechos y siluetas tan dispares que apenas parecían pertenecer a una misma especie de aventura. Kovaloswky les iba indicando sus aposentos, mientras el Guardián de la Capital los ayudaba a instalarse.

Timi, desde fuera, saludaba a todos, pero estaba profundamente preocupado por las consecuencias que podría tener que la tripulación se diera cuenta de que la campaña no era para subir al cinturón de asteroides, ya de por sí muy peligroso, sino para dar un salto a las Antípodas de Laniakea, en el más lejano confín de la Red Cósmica avizorado por el ser humano.

Quizá aquel era el viaje más importante realizado por la humanidad, pensó Timi.

Pero enseguida le pareció un pensamiento demasiado solemne. A él, en realidad, no le importaba mucho aquella gloria. Y además se dio cuenta de que Winckley ya lo había hecho antes. De manera que, por ironías de la historia, si algún día se reconocía a alguien como pionero, el mérito correspondería precisamente a Winckley.

Aunque a Winckley le importaban menos que una gasa ese tipo de reconocimientos. No había ido al Planeta X para lograr honores de pionero, sino para hacer acopio de un poder capaz de calmar momentáneamente, solo momentáneamente, su sed de ambición.

Para Timi, el esfuerzo de hallar el Planeta X solo hubiera estado justificado como un trabajo épico para abrir las grandes lejanías del universo a la mirada humana. Quizá solo así un viaje intercumular le habría motivado. Pero, en las actuales circunstancias, solo le importaba encontrar a Paladia, ajustar las cuentas con Winckley y volver de nuevo a la Isla Brouk.

¿Y la tripulación?

¿Qué buscaban aquellos hombres y mujeres aventureros en semejante salto al espacio profundo?

Timi los miró, entre pertrechos, tan diferentes unos de otros, componiendo un cuadro espiritual extraño. En realidad parecían ansiosos por lanzarse al universo, por zambullirse en el espacio profundo, pero con la simpleza de los buenos, como quien va a buscar a su gato a la cocina. Eran héroes verdaderos, que no sabían, y quizá jamás sabrían, que lo eran.

Timi miró a Kovaloswky y, en un arranque de convicción, anunció:

—Sepan todos que trascenderemos el Anillo de Asteroides, saltaremos el Cinturón de Kuiper y saldremos del sistema estelar. Vamos muy lejos, fuera de Laniakea. Si alguien no quiere salir del Sistema Solar ni de Laniakea, que lo diga ahora y aproveche para renunciar al contrato.

Además de no hacerle el menor caso, a pesar de lo atronador que había sido su aviso, la escasa reacción de la tripulación consistió en una brisa de desagrado hacia su persona, como si Timi fuera un aguafiestas decidido a estropear la aventura. Casi parecían ofendidos, como si su advertencia dudara de su dignidad de cosmonautas probados o a punto de serlo.

Como los Trece de la Fama de Pizarro, sin saberlo, uno a uno iban cruzando con sus pertrechos la línea que separaba la promesa de gloria o muerte del mundo conocido que dejaban atrás.

Kovaloswky no dijo nada. Incluso se sintió liberado ante la intervención de Timi, que finalmente había cumplido con su deber de informar a la tripulación del verdadero alcance del viaje. Al fin y al cabo, había sido nombrado capitán de la SarTrek por Kovaloswky y el Guardián de la Capital.

Por lo demás, el abordaje de la tripulación se hizo casi sin incidentes. Aun así, entre idas y venidas desde los camarotes a por pertrechos olvidados, la salida se demoró veinte minutos.

Eran las dos de la tarde del 25 de septiembre de 2034.

En el puente de mando de la SarTrek, Kovaloswky, flanqueado por el Niño de las Estrellas, el doctor Moreau y Jazmine, la Científica-Política, se dispuso a abrir la plancha de controles para iniciar el salto por el Agujero de Gusano Temporal del tejido cuántico hacia el Muro de Hércules.

En los dos días anteriores, Kovaloswky había realizado varias pruebas con la sonda topológica de multidimensionalidades cuánticas para establecer la ubicación real del Vermitrón portátil, pero no había logrado localizar el equipo que Gomes había llevado al Planeta X.

Aquello solo podía significar que la sonda estaba rota, o que había sido anulada por Gomes, o por quién sabía quién o qué.

Kovaloswky sabía que la zona era segura según todos los datos obtenidos del Planeta X mediante los sensores topológicos. El Vermitrón portátil había enviado señales perfectamente normales durante doce horas. Aun así, lo ocurrido mantenía todas las alarmas abiertas. No quedaba otra alternativa que tomar la última ubicación conocida y lanzar la SarTrek hacia allí.

Mientras Kovaloswky se ocupaba de la dirección, la sensorería y los sondajes, revisaba indicadores y ajustaba graduómetros, Timi recapitulaba las decisiones que habían tomado él, Kovaloswky y el Guardián de la Capital durante la última semana.

Habían decidido no avisar a las autoridades de la isla, pagadas pero también desinformadas por Winckley, aunque sí informarían a las autoridades del continente al regresar. En una situación así solo quedaba avanzar intrépidamente, pues era evidente que el inoperante Bartol Klandikow, brazo derecho de Winckley, sería completamente incapaz de hacer otra cosa que evitar cualquier cambio en positivo.

La SarTrek comenzó a zumbar levemente, como si al encenderla Kovaloswky hubiera despertado algo dormido.

—¡Agárrense fuertemente! —gritó Kovaloswky.

Todos se aferraron a sus manillas y cinturones de agarre. Incluso los tres superhéroes, el Tonto del Fuego, el Tonto del Hielo y Zanos, el Hombre de Piedra, cesaron su sempiterna reyerta de amigos decepcionantes pero kármicos.

Atrás quedaban la Tierra, la Isla Brouk, las autoridades del continente, la cabaña del Monte Wilson, Bartol, las ovejas y la huerta de Timi que cuidaría su vecino Joao, la taberna de Bermejo y el sol brillando alegre sobre el mar, en el triste puerto de la Capital Libre.

La gloriosa SarTrek, con su tecnología de Vermitrón portátil distribuido, saltó enérgicamente hacia el Planeta X.

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